15/10/2016

MARTE

Los antiguos griegos decían del humano que era el ser que mira a los lejos (Edith Hamilton, El camino de los griegos). Los ojos hacia el cielo, hacia la lejanía, hacia el borde infinito de las estrellas, donde quizá acaba o comienza el vacío. Al mirar a los lejos, como consecuencia de una sequía que bajó a los homínidos del árbol, se consiguieron dos efectos hermosos sobre nuestra esencia, que es el cerebro. En primer lugar un aumento (exponencial, como diría un economista) de la cantidad de información que llegaba. El laberinto de ramas y ensamblajes vegetales, la corta distancia del entorno desaparecieron y el cielo azul libre, la espaciosidad de la llanura, el ámbito de un más allá que no se terminaba fueron llenando de imágenes, deseos, expectativas, anhelos la mente de este ser perdido, y comenzó a multiplicar sus sinapsis y a hacerse más compleja. Además al erguirse el cerebro empujó hacia abajo y quedó un hueco arriba que se rellenó con lo que llamamos el córtex cerebral, que es donde ocurre la imaginación, el pensamiento, el juicio o la decisión, es decir, la inteligencia.

También tuvo que dejar de ser vegetariano para volverse carnívoro. Bueno, mejor carroñero, pues solo encontraba en la llanura (seca) los restos de los animales devorados por los depredadores. Y la ingestión de proteínas ayudó a aumentar el tamaño de los músculos. La masa encefálica, en connivencia con el entorno más rico, aumento su tamaño y capacidad de procesar la mayor cantidad de estímulos exteriores que llegaban. A la vez al verse el ancestro desprotegido en ese entorno hostil tuvo que aumentar su sociabilidad, pues era débil frente a los todopoderosos depredadores de la llanura y en grupo, ayudándose unos a otros, se sentían más fuertes y profundizaban y aumentaban lo que ahora se llama el trabajo en equipo. La especie se volvió más eficaz y fueron más grandes sus retos.

En mirar a lo lejos (o en mirar a lo cerca en la submateria ahora, que es también una manera de mirar a lo lejos) está nuestro pasado y nuestro futuro. Por eso me satisface que Obama reactive el sueño de pisar el planeta Marte. Me ilusiona que plasme una nueva utopía en la mente colectiva. Estoy convencido de que cuanto más miremos al universo no sólo más nos entenderemos, sino que también más miserables y empequeñecidas veremos nuestras reyertas terrestres, nuestras guerras y nuestro egoísmo absurdo que siembra el planeta de dolor. En el espacio está la solución. Siempre más allá, siempre acercándonos a lo desconocido, siempre mirando a lo lejos, como cuando bajamos del árbol y vimos el interminable horizonte. Entonces sentimos el enigma de la vida, y que en el horizonte de un más allá desconocido habita la respuesta.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 17/02/2020 a las 19:02h.