02/05/2016

SOPA DE SACARINA


Como tiempo tendremos de escribir de política, quizá para repetir los mismos mensajes y encontrarnos al final con los mismos problemas, me acuerdo de esa máxima latina que dice primum vivere, deinde philosophare. Perdonen el latinajo pero lo prefiero a la invasión de términos ingleses que denuncia Javier Marías, exhibiendo un listado de target, share,prime time, backstage y miles más de virus anglicistas que están horadando nuestra lengua. Al cabo del latín venimos y en general se entiende. Primero vivir, luego filosofar. Primero comer para que todas las demás funciones del ser pensante se puedan poner en play. Perdón, se me ha ido la olla al papanatismo anglicista que denunciaba Marías. En la oficina del estómago se fragua la salud de todo el cuerpo, le dice don Quijote a Sancho entre otros muchos consejos para el gobierno de su ínsula. Le añade que tenga mesura en el beber, pues "el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra". Wine moderation, oh, otra vez en plan papanatas hablando de una campaña para favorecer el vino que en castellano se llamaría de consumo moderado. Prometo no meter un anglicismo más en este artículo. Rien de rien.

El asunto es que don Quijote le dice a Sancho que coma poco y cene poco, para guardar la salud, pero me gustaría que hubiese visto esto que se ha llamado la Nouvelle cuisine o nueva cocina en castellano. Es esa que también llamamos cocina mínima, más que nada porque te puedes encontrar en un plato gigantesco un contenido no más grande que lo que ocupa una aceituna. Es la cocina estrella en pocos casos y estrellada en muchos. Hace poco me invitaron a MasterChef y me dieron una sopa de almendras tan innovadora que me supo a sopa de sacarina. Y así lo dije. Alguien, más cruel que yo, Natalia Menéndez, comentó que estaba arenosa. Y aun a riesgo de ser apedreado, o tratado como un ignorante, digo dos cosas: que no entiendo ese parecido entre los cocineros y los cantantes de ópera, esa afectación, y que aunque me cuelguen en la plaza pública los más ricos manjares que he degustado en mi vida son los huevos fritos con patatas de siempre. Si además los freía mi madre tenían ternura y sonrisa. Y no se acercaba a saludarme al final para que admirara su arte.

La primera vez que acudí a un restaurante de estos admiré la carta, pues parecía un poema de Rubén Darío (merlucitas de cielo azul y cascada de aire con salsa de ortigas), pero lo que más recuerdo es cuan ricos me estuvieron los churros con chocolate que me comí en Atocha, al regresar a casa. Los rabitos de zanahoria con éxtasis de frambuesa helada, que llegaron en lánguidos dedales, fueron tan débiles que ni traspasaron la oficina del estómago para llegar al final de su trayecto. No dieron ni para ser una merde.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 26/02/2020 a las 16:02h.