19/03/2016

RESPETO

Solo con decir que son alemanes está todo dicho. Las sonrisas complacientes, esa euforia cuando no cierto desprecio es suficiente para que se tire la ilusión a la basura. Porque en este momento de La Champions la fuerza es sentir que da igual contra quién jugar, que lo importante es sentirse con el poder de derrotar a cualquiera. En ese bombo el equipo más duro era el Barça. Está ansioso por conseguir dos Champions seguidas y poner a una generación de estrellas en la cima más alta. Por eso es posible decir que si no gana el Barça la Champions quien lo haga habrá de ganarle. Y con el Barça está el Madrid, puro tejido de gloria europea, el equipo que más tira a puerta y menos disparos recibe.

En el ámbito azul de Nyon los equipos se miraban de reojo. Butragueño mantenía su persistente rostro modélico. Apenas dejó que un naciera un ápice de placer cuando la bola que abrió Zanetti tenía el nombre del Real Madrid. Antes sacó la del Wolfsburgo. La tradicional mesura de Butragueño quizá no fue seguida en otros ámbitos más llenos de euforia. Algunos parecen decir que el partido ya se ha jugado. Pero hay que tener mucho cuidado con ese tipo de confianzas. Porque en los dos partidos nadie marcará un gol por el nombre. Y los alemanes darán lo que dan siempre. Fuerza física, ritmo asfixiante, confianza ciega, público con el aliento mojando el rostro, ausencia de desfallecimiento, instinto goleador en los momentos decisivos…

La temporada entra en su senda definitiva. Uno de los nuestros seguro que estará en las semifinales. Y si el Madrid se aísla del ambiente artificial de euforia, si da de sí todo lo que tiene aún escondido, esta vez podremos llegar a una final española. Nuestro fútbol se lo merece porque es el más bello. El Madrid tiene en sus manos un sueño posible no porque sea el Wolfsburgo, sino porque como los campeones sabe que hay que ganar a cualquiera para ser el mejor.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 26/02/2020 a las 17:02h.