09/01/2016

ZIDANE

Hasta los árboles del Paseo de la Castellana saludan con sus ramas secas y su alma verde la llegada de Zidane. Es la inmensa ilusión de un madridismo que no quiso esperar el destino de la hoja de ruta de Benítez. Pero sólo un equipo como el Madrid puede tener en la recámara a uno de los grandes de la historia para tenderle la mano, para levantar los sueños destrozados en la hierba de un equipo caído. Así que aquí esta Zidane. Detrás del espejo. Intentará trasladar la magia de su juego al juego de su equipo. Hoy puede ser el primer día de una gran carrera de entrenador, o el principio de un epílogo que nadie que ame el fútbol desea. Y no pido perdón si este amor a las esencias molesta a algún sectarismo.

Zidane tiene 43 años. Recuerdo que Walt Whitman decía que entre los 35 y los 80 tiene lugar la mejor realización de la vida. Mente más madura. Sentidos en plena actividad. La voz más firme. El caminar más enérgico. Las manos más capaces. Decía Whitman que el cuerpo está maduro y el alma también, y que la capacidad creativa es más sólida y perfecta. Alguien, cercano al genio francés, por una duda mía ante la complejidad de ese banquillo, me dijo que Zidane es un tipo con muchísima personalidad. Casi todos los que le conocen insisten en que debajo de su timidez hay un carácter indomable.

Zidane vuelve a la hierba más exigente. Whitman decía que la hierba simboliza la presencia universal de la vida. En este caso es una mirada universal a la que tendrá que enfrentarse Zidane para concentrarse solo en el trabajo. Y se tendrá que enfrentar al exceso de elogios que paraliza la autocrítica. También a la duda interna sobre su valía en lo desconocido. Y por supuesto, sobre todo, a resolver el encaje de las piezas en un mecano tan difícil que cualquier decisión puede ser controvertida. Hoy se inicia, al menos, una ilusión. Eso ya es mucho en estos tiempos tan complicados, y grises.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 28/01/2022 a las 09:01h.