31/10/2015

EN EL PRINCIPIO FUE EL VERBO

El comienzo de una novela es el umbral de su luz y de sus sombras. García Márquez cuenta en sus memorias, Vivir para contarlo, que hasta que no encontró ese enigmático principio (muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo…) no supo que ya tenía la novela en la mochila. Y la verdad es que esas pocas palabras son un lúcido escaparate que anuncia una historia compleja y apasionante. El recuerdo, un fusilamiento, el hielo, la familia, la tristeza ante la historia, todos esos quemantes ingredientes de la soledad humana.

Otro principio que me encanta es el de Moby Dick. Melville concentra en la primera expresión la fuerza indestructible de las obsesiones. Llamadme Ismael, dice Ahab con tono profético, desplegando la metáfora del mar como evasión de la gris cotidianeidad. La debilidad y la fortaleza, las contradicciones de ese personaje shakesperiano que es Ahab se perciben solo con la primera frase.

Me encanta también ese agudo e inteligente principio de Lo que el viento se llevó. Margaret Michell nos pone de pronto frente al personaje más rico de su novela. Escalata O'hara no era bella, dice, pero los hombres no solían darse cuenta de ello hasta que se sentían ya cautivos de su embrujo... Qué habilidad para presentarnos una historia de amor, guerra, envidias, venganzas, generosidad…

También he admirado desde hace mucho tiempo el comienzo de Muerte en Venecia. Thomas Mann habla de ese motus animi continuus en que cifraba Cicerón la elocuencia. Gustav von Ashenbach estaba en un permanente estado de creatividad antes de salir de casa y enfrentarse al mundo. Avanza por las calles feliz por esa comunicación interior con la belleza creativa que después, en Venecia, estallará con el bello joven Tadzio, quien muere aplastado por la maldad de la materia, la peste.

Y claro que hay que hablar de don Quijote. Cervantes comienza ocultando el lugar de nacimiento de Alonso Quijano para que las ciudades de La Mancha se lo disputasen. Así ocurría con las ocho ciudades griegas, que se disputaban el nacimiento de Homero. Toda la tragicomedia del Quijote está en esa emulación literaria. Hay muchísimos más, pero quiero terminar con el que más me gusta. Es el de Charles Dickens en Historia de dos ciudades. Era, dice, la peor y la mejor de las épocas, era el siglo de la razón y de la locura, la época de la fe y de la incredulidad, era un periodo de luz y de tinieblas, la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación…Es tan bueno este inicio que podría ser el pórtico de cualquier siglo de la raza humana.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 02/07/2022 a las 06:07h.