05/06/2015

LÁGRIMAS BLANCAS

Rafa Benítez parece un personaje de Clint Eastwood. Gesto duro, espaldas anchas, mirada retadora e inteligente, de vuelta de todo. Pero a pesar de esa dureza exterior los personajes de Eastwood, como Walt Kowalskie, en El Gran Torino, o Frankie Dunn, en Million dollar baby, ambos interpretados por Clint, tienen un sentimentalismo machadiano, un inmenso corazón dentro de ese cuerpo tan fuerte. Por eso a veces dos lágrimas perdidas surcan sus ojos. Rafa Benítez, como Odiseo, vuelve casa después de haber subido al cielo y bajado a los infiernos, de haber sentido cantos de sirena o baladas de amor en una tarde de vino y rosas. Pensaba así mientras veía sus ojos vidriosos mirando a Florentino, y a la vez recordaba un titular que la pluma bella y ácida de Roberto Palomar clavó en el viento: hoy queda un día menos para el despido de Rafa Benítez.

El banquillo del Madrid es una silla eléctrica. Antes es un potro de tortura, pues parece difícil encontrar ese equilibrio entre el entrenador blando y el centurión que manda formar a la milicia. Si es blando lo engullen los jugadores, le roban la autoridad, lo convierten en un pelele y Florentino, desde las alturas, lanza sus rayos jupiterinos. Si es duro se le rebela la tropa y al final tiene que salir con el rabo entre las piernas, como Mourinho. Así que, como decía el clásico, en el término medio ha de estar la virtud. Por eso creo que Rafa Benítez debe insistir en su porte eastwoodiano. Duro y sentimental, guerrero y compasivo, inteligente y conciliador, táctico e intuitivo, pragmático e innovador, silencioso y dialogante.

Y no debe olvidar que esta sociedad del espectáculo ha convertido a esos jugadores en dioses, cuando son humanos, fieramente humanos. El otro día, Rafa Benítez dejó asomar una lágrima por sus ojos impasibles. Ahí creo que está la clave de su éxito. En esa dureza sin arrogancia que los grandes líderes convierten en respeto y certeza.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 09/12/2021 a las 05:12h.