14/03/2015

EL LOBO FEROZ

No hace falta leer El fin de la historia, de Fukuyama, o El capitalismo en el siglo XXI, del afamado Pikety, para entender el proceso de deshumanización y de desigualdad en el que estamos inmersos. El mundo, y nosotros fuimos parte de ello en la década de los sesenta, y después con la entrada en la CEE, después de dos terribles zarpazos de la historia entendió que la vieja lucha de clases se tenía que resolver, no con la dictadura del proletariado o el capital, sino con una impregnación mutua que fuese una síntesis más humana que la de la dialéctica marxista. Ninguna clase aniquila a otra sino que el obrero participa del capital. De ahí el capitalismo popular. Y el capital entiende que las crueldades del siglo XIX llevan a una situación de enfrentamiento permanente social. Esa realidad la entendió mejor que nadie la socialdemocracia, y se convirtió por tanto en una izquierda que pactó con el capital para convertir una parte de sus beneficios en presupuestos para humanizar la crudeza de la vida. Sobre todo para aquellos que han venido a este mundo sin nada, sin expectativas.

Ese pacto, producido por una derecha moderna y una izquierda sensata, trajo la existencia de una clase media enorme amortiguadora de las tensiones sociales. Una clase en el fondo conservadora, pero ante todo consumista, lo que engrandeció el capitalismo. La existencia del comunismo favoreció ese pacto. De ahí nació también (en nuestro país como casi todo más tarde) la Constitución del 78. Un texto progresista, bello ideario de justicia social e igualdad. Pero un texto no es nada si los que lo firman no lo cumplen. Por eso lo que en el fondo nos dicen Fukuyama y Pikety es que ese pacto se ha roto. Por una parte ha desaparecido el comunismo, y por tanto el miedo del capital. Y por otra el viejo debate entre los economistas historicistas alemanes, y los liberales ingleses, Smitch, Ricardo and company, que ganaron los primeros, y nació el Estado del Bienestar con Bismark, ahora, siguiendo el preludio de Reagan, Thatcher y Friedman, ha ganado el mercado. El liberalismo absoluto como una necesidad de la globalización.

Ésta ha dado un poder absoluto al mercado. Y a su vez este ha plasmado sus garras en algo llamado la troika, que es como el lobo feroz. El mercado se ha hecho tan poderoso que se ha vuelto invisible, como se demuestra en Margin Call, para que sea más difícil luchar contra sus designios. Y su troika son unos impávidos hombres de negro que, como una inquisición, suplantan cualquier poder democrático y obligan a tomar medidas improductivas y erróneas que nos acercan al siglo XIX. El viejo pacto se ha roto. Y los grandes perdedores son, como siempre en la historia, los que menos tienen.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 05/12/2021 a las 03:12h.