24/06/2003

La zorra y las gallinas


Así como determinados profesionales –los jueces o los militares- no pueden presentarse a las elecciones, habría que hacer lo mismo con los promotores inmobiliarios, constructores y demás fauna del ladrillo. Son tantos, y suculentos, los intereses que representan, que el hecho de que formen parte de una Corporación Municipal es como poner a la zorra a cuidar las gallinas. ¿Quién se cree que un promotor que asista a una Comisión de Urbanismo no va a hacer uso, de manera directa o indirecta, para su propio beneficio o para beneficios de conmilitones, de la información privilegiada que allí se conoce? Peor todavía es que alguno sea, incluso, concejal de urbanismo, y por tanto, influya directamente en recalificaciones, urbanizaciones, precios públicos, planes de futuro y todo aquello que afecte al valor del suelo. Aunque seamos neófitos, todos sabemos que la diferencia económica entre un suelo rústico y un suelo urbanizable es la misma que existe entre el cerebro de Pocholo y el de Fernando Sabater.

Aunque seamos pobres legos, verdaderos y únicos paganinis de tan enorme tarta misteriosa, todos sabemos que existe un montón de fortunas forjadas en la recia picaresca de comprar a dos para vender a veinte, cuando no a doscientos. Y está claro que esa magia truculenta, ese arte de birlibirloque, sólo se consigue teniendo los contactos, los datos, las previsiones que guardan las bolas de cristal de las oficinas de urbanismo de los ayuntamientos o de las comunidades autónomas. Toda esa información es el merengue, y los que manejan los euros de los terrenos los ávidos niños que se zampan en un instante tan dulce manjar. A veces es inevitable que algunos se manchen las manos y los morros.

No debe dar miedo constitucional la propuesta. En todo caso, si fuera imposible, no estaría mal para la sanidad pública algún tipo de pacto entre caballeros. Me imagino que todavía quedan caballeros en los partidos políticos. Porque la vida, como en el cine, es una mala película sin el casting preciso. Y tan obvio es que servidor, cuarentón escéptico, no puede ser Harry Potter como que un promotor urbanístico no puede pertenecer a una Comisión de Urbanismo. Lo contrario sería imaginar que este tipo de empresarios son místicos irreductibles, poetas ensoñadores o monjes fustigadores del vil metal. Igual existe alguno así y hay que proponerle en el listado de las próximas beatificaciones. Seguro que sería el primero. No creo que exista en el santoral ningún experto en convertir los terrones en oro. Lógico, si algo hay claro en esta cofradía del cemento es que su reino es de esta tierra.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 05/12/2021 a las 02:12h.