31/10/2002

Teresa en el país de la inocencia

Macaulay Culking vencía a los malvados ladrones jugando a ser una especie de rambo infantil, un enano militar repelente. También otros héroes mocosos, los de las Plays Station que ahora nos inundan, sin ir más lejos, andan por la vida dando mamporrazos. He visto en los dibujos animados de sadismo japonés que devora mi hijo, impúberes que ya habría querido Sadam Husseim para su ejército en la Guerra del Golfo. Me pregunto a veces que dónde estará escondida la vieja inocencia infantil, esa que nos hacía enternecernos con una caricia maternal, o echar lágrimas sinceras con el infortunio del prójimo. Si Joselito y Marisol levantaran la cabeza, seguro que se pondrían sin tardanza a la faena, llenar este aguerrido mundo de dulces canciones, atraer a su regazo a estos niños nuestros de Power Rangers y Nintendo que sólo vibran cuando un torrente de láser destruye empalizadas, o cuando espadas flamígeras desenfundadas cortan armaduras de acero en las esquinas del espacio.

Pero Joselito y Marisol ya no están. Quizá hasta rondan el umbral del Inserso. Aunque no está todo perdido. Nos queda, casi como última esperanza, Teresa Rabal, esa dama enfundada en sus sedas de madrina bondadosa, esa artista sincera que aún deja que el brillo de unas lágrimas le asome a los ojos cuando escucha a los pequeñajos desgañitarse con las viejas canciones. Teresa se come a los niños, son todos como sus hijos, dice Enrique Simón en ese hermoso programa de Canal Sur que se llama Veo, veo. Y Teresa vibra cuando Bella Pastora, una angelical morena con los ojos redondos, interpreta con la ternura encendida una sencilla canción que habla del amor. Teresa susurra al micrófono, con la sonrisa de la plena complacencia, cuando anuncia que Rocío Vilches cantará Al alba, la bellísima canción de ese prófugo de la música llamado Luis Eduardo Aute. Teresa pone rostro de madre al decirnos que María Zahara lanzará en la noche los líricos sones del estilo de Joan Báez.

Teresa se enamora de todos los niños. Y sentimos un leve cosquilleo en el alma que desprende pureza. Porque Teresa no representa un papel, como otras divas hipócritas que se lo hacen de defensoras de los meninos. Teresa siente. Nos percatamos de que está amando con sinceridad a sus personajes pequeñajos que sueñan con llegar a las estrellas. En este mundo de la farándula lleno de mentiras, pinturas de odio y bajezas de vecindaje, Teresa Rabal representa la coherencia de una carrera honestísima que dignifica el acto de subirse a unas tablas, acción que muchos convierten en una abyecta patochada. El final es bello, sin tufos a lo Disney. Teresa se rodea de los niños, y cantan todos, la guerra es un invento que nunca llegarááá, si existen muchos niños cantando amor y paaaaz. No está mal hablar de estas cosas a los chavales, de vez en cuando. Aunque no haya rayos láser destructores por medio, sino pacíficas lentejuelas.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 26/02/2020 a las 17:02h.