06/09/2002

El balneario de agosto

A pesar de que me había dicho que durante el mes de agosto no olería las fibras lumínicas de las pantallas de televisión, fui traidor a mis deseos, y zapee a menudo. Sobre todo en la siesta y en esa hora perdida del crepúsculo. Quería tomar el asueto como si fuera una temporada en un balneario ilusorio en el que desaparecen los chispeantes iconos de la tele, y se produce una desintoxicación de la nebulosa cerebral. Si en un espectador normal es conveniente esta pasada por los vientos cristalinos de un mundo sin imágenes, en un crítico, que soporta bañado en el sudor de la tortura todas las agresiones, es absolutamente imprescindible, para que las baterías de la razón se carguen de mundo real, y se descarguen de ficciones ralas y zafionas, aunque estas sean engullidas desde una perspectiva catódica, crítica a más no poder, asentada en fulminar ese desprecio de los programadores al hecho educativo de la televisión. No soy yo como esos intelectuales que demonizan sin matices el mundo de la imagen, desde los prejuicios de una cultura solamente libresca.

Así que zapee en agosto, no pude soportar el silencio oscuro del chisme en el aparador, un penate sin sus luminosas vibraciones atestadas de colores, es el color el primer anzuelo que pone el tubular sedentario a las audiencias deslumbradas y vacías. Zapee con cierto resquemor de traidorzuelo a mi causa, pero como si al pinchar el botoncito de viaje por las cadenas entrara en un mundo del que nunca me había desenganchado. Incluso, en algunas estancias, descansé mis aparejos, hundido en el sopor de la siesta, en el sudor de la impuesta ociosidad. Me vi casi todos los filmes del oeste de la Uno, obras maestras algunas y otras interminables repeticiones de la misma historia. También viajé en mi nave a distancia por Canal Sur. Y ahí, mis estancias, hubieron de ser breves, pues además de la increíble jactancia de Todo a cien en repetir -fúnebre sonrisa del Naranjito, anemia burlesca- escenas de los más impresentables estipendios del Canal, les dio por hartarnos, hasta el infinito, del grupo de la Soriano. Impunemente nos repusieron las aventuras de Irma, Pacopérez, Justirrina y el cámara tragaldabas, una especie de comedia escrita para cortos de mollera. Menos mal que se les agotó la pólvora esperpéntica, y a mitad de verano, engancharon con La hora de Mari Pau, el programa hermano de Telemadrid. Nada que ver esto con lo de Irma. Mari Pau sólo trata asuntos de personas sencillas, allí no hay bazofia. No trasiega el personal del estudio haciendo el ganso. Soriano debería imitar a su homónima madrileña, que lleva el asunto con clase. ¿O acaso es que alguien piensa que en Andalucía se tienen que adornar las cosas con berridos y chistes zafiones? Espero que no.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 25/09/2020 a las 06:09h.