28/05/2003

De bodas y votos


El domingo no sólo se nos llenó de urnas, sino que también se nos llenó de comuniones. Yo aquel día voté primero y después me fui a una comunión. La iglesia, casi gigantesca, también recogió los votos, estos más inocentes y espirituales, infantiles. Allí comulgaban, por primera vez, doce zangolotinos y doce pizpiretas damitas que parecían salidas de un cuento de hadas. Los pliegues de sus trajes blancos daban lustre a las brillantes baldosas de la plaza. Ellos iban vestidos de marineros, con sus corbatas negras, sus cuellos almidonados y sus chaquetas llenas de anclas y galones. Viendo aquello, ya en la iglesia, dije a mi santa señora que me parecía estar asistiendo a una docena de bodas pitufas. Lo dije, porque como el cura los había colocado en precisas filas militares, y los angelitos y angelitas iban peinados de mayores, pues parecía una boda colectiva de alguna escuela de marina. La gravedad de sus rostros parecía abundar en mi aserto. Ella me respondió que olvidara mi habitual irreverencia y que observara los rostros radiantes que envolvían aquellas dos docenas de comuniones. Me habló en susurro, pisándome su callo preferido, mascando la frontera de mi trompa de Eustaquio. Al lado, mi suegro, que se llama Eustaquio, también tenía una trompa. La suele pillar cuando huele las urnas. Es su manera de desquitarse por los años que no le dejaron votar. Así que mi señora no se apercibió, mientras me reprendía, que estaba en medio de dos trompas, y en la iglesia.

En fin, que siguió toda la misa pisándome el callo y yo dejando bullir en mi mente la maliciosa idea de que aquella parafernalia más parecía de matrimonio que de comunión. Tan imbuido estaría en tan perversa teoría, que hubo un momento, en que al ver acercase a una pareja al oficiante, escuché de sus labios la típica frase, yo os declaro marido y mujer. El nene, morenete, tenía pinta de boxeador, y la niña, morenaza, de tonadillera orgullosa. Parecían un revival de Carrasco y la antigua Rocío Jurado. Tal malicia no la dije a mi señora, porque me habría aplastado el callo con premura. Pero pérfido de mí, no dejé de pensarlo durante toda la misa.

En tanto conversaban las familias sin recato, haciendo oídos sordos a las lamentaciones del oficiante; fuera casi se oía el ruido de los votos sumergiéndose en las urnas; y dentro me surgía la idea de que algo espiritual se estaba desarrollando como un espectáculo de Berlanga. Y luego, con el callo preso y bravucón, di en pensar que esta iglesia nuestra gusta demasiado de pasarelas, desfiles, farfolla y domingueo. Perverso Manuel, tu callo lo tiene merecido, me dijo una voz en las entrañas, susurrando.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 28/06/2022 a las 19:06h.