13/09/2014

UNA CUESTIÓN FAMILIAR

Cuando éramos niños el fútbol llenaba el enorme hueco que dejaban las cosas materiales. Aunque parezca imposible algo inmaterial vencía a la materia por minutos, horas, incluso días. La luz del fútbol, alimentando huecos profundos del corazón, llenaba la oscuridad enorme, y los días de trabajo eran mejores o peores según le había ido al equipo.

Y el derbi, el derbi del alma, era el del Madrid y el Atlético. Pronto comenzaba a oler a pólvora lingüística. Aquí unas trincheras. Allí otras. Los generales llaman a arrebato. Mi abuelo era del Barça, le delataba el apellido. En estos asuntos miraba de reojo. Aunque dejaba claro que cualquier tunda al Madrid sería bien recibida. Y el personal del Atlético, liderados por mi tío, concebía a mi abuelo como Zeus y por tanto proclive a lanzar sus rayos mortíferos contra el Madrid.

Mi padre nos hizo del Madrid una noche de cervezas y tapas libres. La "sexta" se celebró hasta la madrugada. Los niños, rapaces, choriceamos tapas como cacos hambrientos. Pero el ruido gozoso, el resplandor tan blanco, la aureola que Benabeu fundó nos engatusaba a unos, mientras que otros hacían causa de sí en odiar (o desmerecer) esos valores citados.

La guerra era como la de los botones. Darditos hasta que se desataba la abatida que duraría, en fuego intenso, todo el partido. Después la actuación de farde de los vencedores. Los vencidos a tragar, pues no hay daño del que no se aprenda ni mal que cien años dure.

Ahora sigue la batalla y los espectadores cambian. Algunos que amaron mucho ya no ven, pero asiste su recuerdo. Los bandos siguen, la munición resplandece. Mucha ahora en el Atlético, que une fuerza, técnica y equipo, y olvida conjugar la palabra perder.
La mesa puesta, las palabras miran su batalla. Juntos protestaremos y reiremos. Pero no revueltos, que como dice el refrán popular, amistad la que quieras más el borrico en la linde.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 16/10/2021 a las 17:10h.