18/01/2014

POESÍA DE CALLE

Dice Pere Gimferrer que la poesía debe tener poco que ver con el Telediario, en el sentido de que la actualidad no moje las letras de los versos. Pero creo que a veces, cuando se sustentan cambios estructurales, de los que nacerá una sociedad desorientada, la poesía tiene que ser una voz más de protesta, o de alarma, o quizá un grito de guerra para los que necesitan ir a la batalla. Ahora, en estos momentos, ocurre eso. Nadie puede dudar de que con la globalización de la economía se está produciendo un ataque con misiles a la clase media, a la aspiración que encarna de serenidad social.

Como dice Zigmund Bauman (Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades) casi ha desaparecido la certeza de se pueda tener trabajo mañana, y eso hace que se viva en un estado de constante ansiedad. Si añadimos la horadante precariedad de los trabajos, o el trepidante aumento de la indigencia, la ansiedad aumenta. Y si también observamos el ataque, casi atómico, a las posibilidades de culturización real, penalizando un consumo que debería estar subvencionado, o la esperanza de prosperidad del pueblo, es difícil negar que vivimos en la frontera de dos mundos. El de hace casi nada, ya antiguo, y el moderno, que es una vuelta de tuerca más a la histórica lucha entre la opresión económica y el derecho a la felicidad.

Y si hay que decir lo más destacado de este mundo "moderno", hablaría, sobre todo, de la desigualdad. Es algo así como el regreso de un virus social que creíamos en retroceso. Ya hay informes, como dice Bauman, que dicen que en Estados Unidos las desigualdades están llegando a los niveles del siglo XIX. Y aquí, qué decir, con cientos de miles de trabajadores sin ningún ingreso, millones sin esperanza del trabajo, generaciones perdidas… Si el extraterrestre de Eduardo Mendoza, Gurb, nos observara, percibiría con imperturbable objetividad que la sociedad se siente maltratada, magullada. Se siente defraudada por casi todos los poderes que la rodean, demasiado expertos en mirar para sí mismos y en olvidar, obviar, manipular, la realidad, para que cuadre con sus necesidades muchas veces espurias.

En el siglo pasado hubo un debate entre lo que se llamó poesía veneciana y poesía social. La primera se producía en una torre de marfil, y la segunda llevaba un magma ideológico en sus versos. Quizá ese debate ahora es innecesario, porque la ideología, debido a un sinfín de decepciones, está entre los jinetes que la sociedad desprecia y ve como causantes de sus males. Pero sí hace falta una poesía de calle. La voz de los que aman y viven de la palabra puesta a disposición de los que luchan por su dignidad, de los que no quieren permanecer callados ante el acoso diario.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 17/02/2020 a las 19:02h.