15/09/2013

LUZ, NADAL

Aunque ames la arcilla, y nos ayudes a evitar el abismo, no puedo dejar de pensar en tu último partido con Djokovic. Ya sé que en el tenis las victorias acaban pronto y que la mente tiene que estar libre para el siguiente partido. Pero creo que aquel recuerdo tiene un sentimiento que ayuda, una luz poderosa que iluminará difíciles momentos. Recordar cómo se conquistó el Himalaya favorece al ir por otras cumbres.

Aquello fue grande. Todo el partido describió un manual de técnica, táctica e inteligencia. Se percibía como en el parón habías perfeccionado machacar esos escasos puntos débiles del serbio. En los últimos tiempos, Djokovic tenía la convicción de que su juego se había apoderado del tuyo. Contra él consumías más oxígeno y con su revés contrarrestaba esa tremenda derecha que tanto odia Federer. El serbio había perdido el asma que le enervaba.

El tercer set fue increíble. Demostraste que hay una fuerza poderosa dentro capaz de realizar lo casi imposible. Con 0-40 y Djokovic viviendo su explosión mental, física, técnica, sintiéndose poseedor de un set que desequilibraba, dando la sensación de que te tenía atrapado, te llenaste de luz, te aislaste del dolor, venciste.

En tu rostro percibía un convencimiento absoluto. No basado solo en tu férrea voluntad, sino porque sabías lo que tenías que hacer y tu voluntad se concentraba solo en eso. Mover al serbio, sacarlo de la pista, insistir sobre su derecha, golpearle con el primer saque, que seguro ensayaste miles de veces, para que en pista dura no fuera una de tus mayores debilidades. Fue grande, grande. Si la vieja épica de los griegos tuviera que encontrar un modelo, sería ese tercer set.

Ahora vuelves a casa y respetas el dolor de este país rechazando un privilegio. La humildad es tu bandera. Parece que conoces lo que Píndaro escribía a los vencedores en la Olimpiada: recuerda que solo eres el sueño de una sombra.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 28/01/2022 a las 09:01h.