10/11/2012

CARTERA O CONCIENCIA

Escucho en una película, ¿Conoces a Joe Black?, que en esta vida nada hay tan inexorable como la muerte y Hacienda. O más que Hacienda, el Juzgado. Ante la frase la Muerte, que asiste a un consejo de administración corporeizada en Brad Pitt, se sorprende de que comparen a Hacienda con su poder destructivo. Los ojos de querubín de Brad comienzan a indagar la comparación. Y cuando lo comprende pone rostro de miedo, queriéndonos quizá decir que hay cosas peores que la misma muerte. Porque la muerte puede tener esa imagen de Adonis, aquel por quien Venus perdía la cabeza, y consistir en un sueño de liberación. Pero ver llegar a Hacienda, o a esos rostros de juzgado, con un cerrajero y unas tenazas es muy duro. Romper el muro de la intimidad y sacar a la gente de su casa y tirarla a la calle es de lo más cruel que conozco.

Estamos pagando la desastrosa gestión de los bancos. Llenamos con nuestros sueldos los pozos que han creado sin ningún tipo de freno o pudor. ¿Y ahora no tienen ni siquiera el detalle de aletargar sus desahucios, al menos hasta que una de las más terribles leyes de la democracia, que no hizo la democracia, pueda cambiarse? No hay sensibilidad en los balances. Y el gobierno, con su paso de tortuga, ha esperado demasiado. Alguien ha tenido que morir para humanizar la ley más amarga. Una ley tan cruel que los propios jueces se sienten malvados aplicándola. Les corroe por dentro una ausencia de bondad. Por esa razón muchos proponen que se expriman hasta el fondo sus artículos, que se encuentre un resquicio de luz que amanse la sombra que se cierne sobre muchas personas.

El año pasado hubo casi cien mil desahucios. Ante eso los insensibles manifiestan que cada uno sabe donde se mete. Pero en el Código Civil, o en el manual más genérico de Ética y Moralidad, se dice que todos somos reos del entorno social. Y fue la codicia financiera, y la ingenuidad política, cuando no la connivencia entre rapaces empresarios oscuros y políticos abducidos, quienes crearon la situación irreal que vivimos entonces. Cometimos el delito de creer en lo que nos decían. Si los mejores economistas de Walt Street no vieron venir la crisis, cómo íbamos a verla nosotros.

Por eso hay que ser comprensivos, todos. Hacer esa ley más humana y flexible, con medidas transitorias, hasta que la economía mejore y la gente pueda pagar su piso con su trabajo, que es lo que quiere, aunque no tenga para comer. Aquí, hasta que no ocurre algo grave, no se mueven los culos. Entonces se hace lo que habría evitado el drama. No es buen sistema de trabajo. Pero será un gran día el que se cambie esa amarga ley que tan bien viene a los bancos y tan mal a nuestra conciencia.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 26/05/2022 a las 16:05h.