19/02/2012

LA PARABOLA DE BRECHT I


Primero vinieron a por los políticos. Eran los más débiles. Habían dejado de creer en la política, la de Aristóteles o Platón, la de Hobbes o Duverger, esa de Jefferson que perseguía la felicidad ciudadana como principio constitucional. Ya no se alimentaban de ideas y sus neuronas estaban llenas de grasa. Consiguieron que las corruptelas y derroches de algunos impregnaran a toda la especie. Los dejaron sin poder, ni siquiera como espectadores de sus propios sueños. Se miraron a los ojos y se saludaron festejando la victoria. Luego fueron a por los sindicalistas. Observaron que si dejaban en cueros a los políticos los sindicalistas no tendrían con qué abrigarse. En el fondo les molestaba que quisieran arrogarse la representación de los trabajadores. Los obreros eran suyos y jamás permitirían que nadie pudiera decidir por ellos. Era necesario que se olvidaran las batallas por los derechos de los siglos pasados, sobre todo aquellos que no los consideraban como unidades productivas. Los desprestigiaron presentándolos como defensores de sí mismos. Al cabo en su economía global era factible vivir con un cuenco de arroz y una botella de agua, y además nadie protestaría por el advenimiento de las bolsas de pobreza previas al paraíso consumista. Además, con tantos derechos históricos, los trabajadores podrían no parecer muchedumbre, plebe, el populacho necesario para manejar a su antojo el futuro del mundo.

Luego fueron a por las gentes de la cultura. Un eco en la lejanía decía la frase de Goebbels: “Cuando oigo la palabra cultura echo mano a mi pistola”. La cultura era molesta. Estaba llena de gentes que querían pensar, contradecir los principios fundamentales, oponerse al pensamiento único que debía regir la sociedad para que fuera, al menos, tan feliz como la que describe Huxley en “Un mundo feliz”. Así que echaron toda la carne en el asador en donde se queman los libros: desacreditaron el conocimiento, presentaron al sabio como un tipo arrogante, soberbio, pedante, contradictorio, aburrido, innecesario, y al creador como un aprovechado consumidor de impuestos. Para que triunfase su modelo era imprescindible inyectar la ignorancia en las venas de la gente, que corriese como electricidad ajena por las neuronas colectivas.

Y después fueron a por los periodistas. Tenían la misión histórica de ejercer como contrapoder, y eso era demasiado. Así que compraron todas las plumas y se las dejaron prestadas, para que sólo escribieran lo que ellos, dueños de todos los corazones, pensaban no se oponía al discurso único que la sociedad necesitaba para existir, para creer en el futuro planificado, para esconder las dudas que su nuevo mundo generaba… (Continuará próxima semana).

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