22/01/2012

EL ARTE DE LINCHAR


Conste que nada más lejos de mi intención que ejercer de abogado defensor de Urdargarín. No me lo permite el tufo del asunto, aunque hasta ahora sólo tenga la información de los medios. Y ahí se ve claro que Urdagarín, al cabo, era una pieza más de ese engranaje de dinero fácil y sin límite que el capitalismo especulativo triunfante forjó durante los últimos años. El urbanismo ha sido el culmen del derroche, la picaresca y el tocomocho, pero en un país como el nuestro el llamado tráfico de influencias, o sea el nepotismo, la piratería y otro tipo de artes de la mentira, tampoco ha de ser despreciable. No olvidemos que aquí se inventó la picaresca, antecedente suavizado de lo que en Italia fue La Mafia.

Seguro que el buen mozo no saldría de su asombro al ver cómo le caían los dineros. También se percibe cierto espíritu bobalicón en sus manejos, pues nadie se explica que fuera tan torpe al ser quién es, personaje público de nivel y objetivo claro para la lupa que desentraña las interioridades de las cuentas. Demasiado confiado o demasiado abúlico también ha de ser, pues creerse impune y poner asuntos tan íntimos en manos ajenas es algo que no encaja con lo que pueda ser un tipo precavido. Pero al final ha entrado con pie firme la justicia y esperamos que el aristócrata pague lo que haya de pagar. Incluso nos parece bien que la condena previa que es transitar por un juzgado le traiga por esa calle de la amargura por la que van los que tienen pleitos.

Hasta ahí de acuerdo. Pero observo un linchamiento mediático que no me gusta. Y no me gusta entre otras razones porque no me gusta ninguno. Tampoco los de Gadaffi o Sadam Hussein, seres en verdad despreciables. Cualquier linchamiento implica un fracaso de la civilización, del Estado de Derecho. Y lo que se está haciendo con Urdangarín es un linchamiento en toda regla. Alguna cadena, o sea la asquerosa Telecinco, o algún periódico, como El Mundo, se han cargado su presunción de inocencia con la pericia y eficacia habitual.

El linchamiento de Urdangarín es ya una condena. Primero porque el reo se siente juzgado y condenado y segundo porque la sociedad ha dictado sentencia de culpabilidad. Y no es la pena el aislamiento en una celda, sino el apedreamiento en la plaza pública, el escarnio y la masacre de la intimidad. No imagino mayor sufrimiento que ése. Ir de tertulia en tertulia a patadas, como un balón. Gusta mucho tirar ídolos aquí, sobre todo si fueron muy admirados y envidiados. Y no digo que este ídolo merezca seguir en pie. Merece ser retirado del pedestal y arrinconado en el almacén. Pero no ser golpeado con la maza hasta ser descabezado y convertido en un manojo de piedras polvorientas.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 09/12/2021 a las 05:12h.