04/12/2011

TIERRA



Amo el paisaje. Cuando estoy en el campo pienso en que todo aquello que me rodea fue una llanura de fuego hace muchísimos millones de años. Hubo una enorme bola roja girando sobre sí misma, presa de titánicas fuerzas del universo, sobre la que impactaron cometas de hielo que venían nacidos de la materia oscura. Chocaron con el fuego y el agua se convirtió en vapor que comenzó a desprenderse y a viajar hacia la altura, hasta donde las fuerzas de la gravedad forjaban un techo invisible. Y allí, en aquella cúpula, se convirtieron en nubes que comenzaron a llover sobre la ceniza. El fuego y el agua, entonces, fueron el primer lecho en el que nació el primer llanto de la existencia. Hasta llegar al momento en el que un ser caprichoso, creativo e indagador, comenzó a preguntarse por qué existen los árboles, por qué son tan silenciosas las montañas, por qué el agua, cuando comienza su nuevo viaje hacia las alturas, crea una cortina bella sobre la tierra, un espejo en la lejanía, una luz de plata que cuando el sol la aborda y la calienta, la duerme y la despierta, parece hablar a las piedras y a los árboles diciéndoles que puede albergar todos los sueños de la naturaleza.

Amo los valles y los ríos, la placidez de todos los horizontes, siempre lejanos y siempre mostrándonos un final que nunca se acaba. Esa comunión de la arena, fuerte y débil, sólida y disgregada en el viento, también la amo. No se cansa jamás de que el océano la aborde, de que le deje sus espumas un instante, el semen fugaz del agua, de que ponga su inmensidad en sus manos. Amo el amanecer y el atardecer, esos vértices del tiempo que al contradecirse se necesitan, que al sucederse en su monarquía sobre la realidad, nos dejan el mensaje de que vuelve lo que se va, de que nace lo que muere. Y amo el viento que toca la vida y la alimenta, que la levanta o la adormece, la llena de semillas, mientras la luz, debilitada en la distancia, es un efecto de profunda serenidad nacido de la fuerza destructora del fuego.

La luz se levanta y quita las cortinas oscuras que envuelven la tierra durante la noche. La luz se acuesta con la tierra, hace el amor con ella, la acaricia con la mayor dulzura que existe y la fecunda y surge la yerba, las flores, los árboles, los matojos, todos estos seres silenciosos que siempre descansan, que duermen en su gozo de vivir en todas partes, en la llanura y en las montañas, entre las piedras y entre las aguas. Observo los árboles y siento que están vivos, que tienen su propia historia y su propio gozo y su propia melancolía, que saben que una sangre verde recorre las venas que se alojan en su madera. Ellos son los que en verdad hablan en silencio con el mar. Amo la tierra. Soy, somos, hijos de la tierra.


Impreso desde www.manueljulia.com el día 16/10/2021 a las 18:10h.