22/10/2011

UN TOQUE, DOS TOQUES, TRES TOQUES...



Siempre hay un pase que puede desarmar a una defensa. Siempre hay un carril perdido en una banda aunque un montón de jugadores la cierren y sean un bosque de cuerpos que no deja entrar ni un rayo de luz. Siempre hay un disparo que puede surgir desde lejos, una curva de ballesta raspando el tupé, o por arriba, hasta llegar a la red como un obús de cuero fundido. Siempre hay una jugada eléctrica que aparece cuando el partido se duerme, o cuando los ojos miran al vestuario, o cuando se ve al otro equipo encerrado, entregado, agarrándose al orden defensivo. Entonces un toque, dos toques, tres toques vertiginosos y el enemigo, ya desordenado, mira a su espalda y ve el balón descansando en las mallas. Así fue el primero contra Escocia. Un sestear de pases, una bruma en el aire, y como un relámpago, el juego luce. Xavi y su mirada panorámica. Villa y su pase pícaro. Silva saliendo de la sombra para mostrar la luz hermosa de su juego.

Y por supuesto siempre hay un camino hacia la trinchera despierta del enemigo. Un camino que estaba perdido en una maraña de piernas, estrategias, tácticas, faltas y músculos tensos. Parecía imposible verlo. Pero con paciencia aparece. Un toque, dos toques, tres toques y allá al fondo de un pasillo, lleno de rostros poco amigables, aparece la voz de un pase. Un movimiento ágil a la espalda, un río que como el Guadiana emerge de la sequedad, un sonido bello y preciso, una orquesta llena de solistas humildes. Toques que se amansan, merodean, crean ritmo. Melodías que hipnotizan. Un sumario de gestos bellos. El balón que va y viene, llega pero no llega, se acerca, se aleja, va al portero, sale del portero, se muestra, se esconde. Hasta que llega un momento en que se vuelve esclavo del equipo que lo ama. Como el violonchelo de Pau Casals o la guitarra de Narciso Yepes.

Es como en el arte. Hay una unión entre el útil de trabajo y el creador. Se produce una conexión entre el balón y la mente humana. Ya no son los pies quienes dirigen sino la cabeza. Es como si una magia mental moviera el balón. Y entonces surge el imperio de la lógica de los espacios. Porque uno ve que la pelota va siempre al lugar necesario, al mejor de los posibles, como si tuviera vida y decidiera no ser apresada y tomar partido. Y además encontrar su verdad, que es el gol, a través de la belleza.

Llega un momento en el que los equipos contrarios se vuelven público. Asisten a un hermoso espectáculo. Hartos de perseguir ausencias se cansan de correr, se vuelven débiles ante las triangulaciones que, después del toque, vendrán para saborear el peligro. Y ante este juego abrumador, un toque, dos toques, tres toques, a veces el enemigo tira las armas. De qué les sirven si no pueden atacar, si no entran en batalla. Como dijo Peter Cesc, si no hueles el balón, terminas por sentir que no juegas el partido, sólo juega España. Un toque, dos toques, tres toques y a disfrutar a tope, que algún día despertaremos del sueño.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 05/12/2021 a las 02:12h.