13/07/2011

UN VIAJE HACIA ADELANTE


Lucharemos mientras quede una esperanza. Lucharemos mientras quede un hueco por el que colar nuestros sueños. Hay tanto que ganar y tan poco que perder. Imagino que eso es lo que se habrán dicho Alberto Ruiz Gallardón y Jaime Lissavetzky mientras discutían la oportunidad de volver a la batalla de los Juegos Olímpicos. Las calles que guardan el tiempo y las avenidas de Madrid habrán escuchado el anuncio y prepararán su mejor asfalto por si esta vez se gana. La última vez estuvo cerca. Si no hubiese sido, quizá, por esa maldita pregunta del principito de Mónaco sobre terrorismo todo habría cambiado. O si los ingleses, pragmáticos y sagaces, no hubieran sabido tocar las teclas justas, mientras nosotros nos ilusionábamos sin miedo, se habría repetido el gesto de victoria que ya vimos con Barcelona. O si se hubiera hecho no sé qué cuestión, es tan fácil ser profeta del pasado, habríamos ganado y ahora todo el aire nacional estaría insuflando la vela de olimpismo. Pero nace una nueva oportunidad. Que se aprenda del pasado.

Las obras están casi hechas. Los sueños están indemnes. El corazón todavía late aguardando una esperanza que murió sin morir, porque todo el mundo sabe que cuando los españoles compiten no conocen el desmayo. El espíritu olímpico, desde Barcelona, está ya en nuestro genoma petrificado. Soy de los que cree imposible nuestro actual esplendor sin aquellos insuperables Juegos del 92. Y además, para este país, que pierde sueños por minuto, es una inmensa inyección de autoestima prepararnos otra vez para una batalla decisiva. Y en todo caso, aunque no se consiga, la sola evidencia de una minimísima posibilidad, de una imperceptible rendija, lo hace necesario. Es tanto lo que se puede ganar. Que le pregunten a Barcelona cómo es la vida antes y después de las Olimpiadas. Ellos recuperaron el mar, el futuro y una de las ciudades más bellas de Europa.

Madrid necesita las Olimpiadas. O quemar sus naves para ganar u olvidar. Pero hay razones para la esperanza. Porque vamos hacia delante, no hacia atrás. Ir hacia atrás es no volver a luchar. Nace por tanto una ilusión, y desde ahora, encenderemos dentro una pequeña luz que esperamos se convierta en la hoguera de la victoria.

Imagino el año 2020. En una extraña tarde de estío, que el cambio climático vuelve impredecible, me subo al AVE en Ciudad Real mientras masajeo mi entrada de la final de fútbol entre España y USA. Antes de entrar al Bernabeu me acuerdo de aquel verano del 2011, cuando Gallardón tuvo fe, y razones, y desoyendo a unos y otros, confió en que el tesón es una fuerza arrolladora.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 28/01/2022 a las 09:01h.