01/05/2011

GANARSE LA VIDA


En mi época los padres querían que estudiásemos carrera y fuésemos funcionarios. Un sueldecito para toda la vida y a echarse a dormir, eso nos decían. Yo, como todos, recibía esa cantinela y sentía que mis verdaderos deseos chocaban con ese realismo arrollador. Irse muy lejos a territorios míticos, llenar la mochila de sueños cada día, luchar contra la dictadura, leer poesía, dejarse el alma en tertulias en las que siempre afloraban las diatribas entre los románticos y los pragmáticos eran los trabajos preferidos. Los más rojos solían ser los realistas y los socialdemócratas los utópicos. Cuánto ha cambiado el asunto. Ahora es al revés y todas las palabras revolucionarias, que transportaban la sangre del futuro, han adolecido de un pragmatismo atroz. ¿Quién pensaba por tanto, en aquel tiempo, que algún día habría que ganarse la vida y trabajar?

Los padres. Ellos lo pensaban y lo tenían claro. Una carrera, una oposición y al refugio confortable del estado. Los más inquietos y retóricos maestros de escuela. Si te gustan tanto las letras pues hazte maestro de escuela que ya no pasan tanta hambre, me dijo un día mi padre cuándo le hice partícipe de mi deseo de vivir de las rentas de los poemas. Ese día observó cansino los pelujos enrabietados y las ojeras, mi mirada lánguida, la persistente cara de pena inexplicable de aquel hijo lleno de absurdas tribulaciones, y dio su sentencia: De la novela no vive ni Cela chaval. Era la frase que antes se decía. Si hubiera estado más versado en las letras, me habría hablado de un montón de escritores funcionarios que había en la época.

En todo caso fue el desempleo quien me recibió con honores cuando acabé la carrera. Hacía estragos entonces la crisis del 73. La estructura del trabajo era como ahora, paticoja. Aquello que decían los comunistas, que en España no había habido revolución burguesa, era cierto. Por eso nuestro empleo dependía del sector primario y terciario, siendo el industrial muy bajo. Y sólo en períodos de alta expansión económica la construcción tiraba a fondo, pero sin solidez, como ahora.

Aquella crisis fue casi tan dura como ésta. Al final no fui maestro de escuela sino periodista, profesión en la que sobrábamos ejércitos de titulados. Así que me tuve que ir fuera de España para currar y no me fue mal. Pero el asunto es que, a pesar del alto crecimiento de las últimas décadas, no se ha resuelto ese déficit y todavía sigue pendiente un intensivo proceso de industrialización. Todos esos millones de productos que no vendemos envasados llevan dentro ese desempleo estructural del que se habla. Y hasta que no se arregle, no habrá empleo para todos. Y no de funcionarios, por supuesto.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 02/07/2022 a las 08:07h.