24/04/2011

LA SEMANA DEL TIEMPO


Las efemérides son como boyas en el mar, señales para un viaje al pasado. Al fin y al cabo no sólo viajamos hacia adelante, sino también hacia atrás. El final es un encuentro con el principio. Éste es axioma que bulle en casi todas las religiones. La ancianidad es un regreso a la infancia. Es un principio biológico, y quizá la causa esté en esa relatividad del tiempo, pues a veces lo que pasó hace mucho tiempo parece que pasó ayer, y lo que pasó ayer, parece que pasó hace mucho tiempo.

Por eso cuando llega una efeméride uno rescata momentos que sucedieron en idéntica fecha. Yo ahora recuerdo que fue en Semana Santa cuando publiqué mi primer artículo. Soñaba con ser periodista. Entonces tampoco los cielos respetaron los secos augurios de los nazarenos. Pero para mí fue hermosa, pues desperté y dejé libre mi ansia de escritura. Lo publiqué en el diario Lanza. Trataba sobre los baches de la carretera de Puertollano a Ciudad Real y decía con humor que con tanto socavón era como ir en diligencia, en un trote que machacaba el pandero y ponía en riesgo la coronilla.

Me lo publicó Carlos María San Martín, el director de Lanza, periodista de raza. No lo firmé con mi nombre, por pudor, o quizá en un acto de pedantería juvenil. Usé el de un personaje de Clarín, don Sinibaldo de Rentería. Y con ese apodo escribí artículos criticones y burlescos. Leía demasiado a Quevedo y Rabelais, quienes hacen de la exageración un arte lleno de ingenio y humor.

Aquellos artículos querían sobre todo divertir. Un día me dijo San Martín que se partía con uno de un bingo habitado por el fantasma de una mujer tan enganchada, que al morir, pidió quedarse para siempre escuchando el sonido del choque de las bolas en el bombo. El fantasma se llamaba Tiburcia Carambola y le gustaba asustar a los jugadores. Aquella señora exprimió tan poco la vida que para ella la lujuria consistía en ganar dos bingos seguidos.

También escribió éste heterónimo procaz, don Sinibaldo, la crónica de un partido de fútbol. El Argamasilla contra el Alamillo. Había un linier con un peluquín que corría la banda y mientras se lo sujetaba. Un jugador se lo quitó en un despiste y lo lanzo al público. Entonces el peluquín dio la vuelta al estadio, como ahora se hace con la ola. Al final de su periplo regreso al linier, quien volvió a ponérselo como si nada.

Estos artículos pretendían reírse de todo. Eso es algo que ahora apenas hago. Sin embargo, muchas veces pienso que debería recuperarlo, visto que tomarse en serio la realidad es un ejercicio de dolor inútil. Y está claro que a este mundo no le viene mal resaltar su propia caricatura. La vida es tan absurda que demasiadas veces no merece la pena tomársela en serio. Ni siquiera en Semana Santa.


Impreso desde www.manueljulia.com el día 26/05/2022 a las 17:05h.