03/10/2010

EL MISIONERO


Tenía barba, quería parecerme a Cristo. Míralo así, los de mi época soñábamos con eliminar el hambre, erradicar la pobreza, morir si necesario fuera por la justicia. Éramos Quijotes en el mejor sentido de la palabra. Por eso llevaba unos vaqueros roídos, unos pelujos que odiaban las tijeras de la barbería y unas zapatillas que acumulaban los años huyendo del despiece. Queríamos parecernos a Cristo y a los misioneros. Sí, a los misioneros. Recuerdo que un día vino uno a mi clase, en los Salesianos. Trabajaba en Kenia y nos hablo de su vida. Tenía barba, se parecía a Cristo, estaba delgado, sus ojos eran pequeños y lacerantes, sus palabras dulces, suaves por fuera pero ardiendo por dentro. Nos quemaban el corazón. Después de clase nos fuimos algunos con él al cerro y se sentó en un pedrusco lleno de moho y nos hablo de su trabajo al lado de los que nada poseen.
Y por la noche soñábamos con él. Queríamos ser como él. Su barba, su cuerpo esquelético, sus manos grandes ilustrando una voz decidida que convencía con el discurso más atrayente que existe, el de la verdad. Yo me soñaba en su tierra de Kenia, ayudando a aquel hombre a convertir en belleza la suciedad de un poblado lleno de niños hambrientos.
Cuando se fue, nos dejó marcados. Creamos un grupo y una revista que hablaba del dolor y de la esperanza. Recogimos todo el dinero que pudimos y se lo enviamos a Kenia. Me tocó a mí escribirle la carta en la que le decíamos todas nuestras andanzas en esa nueva vida que nos había descubierto. Le dije que comíamos poco, amábamos mucho y pensábamos en él. Admirábamos tanto su trabajo. Creíamos que todo lo que no fuera ayudarle en su proeza era tirar el tiempo, quemarnos en una feria de sombras cautivas.
Pasaron los años. Nos perdimos de vista y a él también le perdimos el rastro. Pero cuando he visto a alguno de aquellos amigos, su rostro y su cuerpo esquelético han vuelto a la escena de nuestra mente. Nos hemos preguntado sobre él y hemos concluido que nos marcó muy hondo. Su vida nos hirió las entrañas. Nos hizo mejores, nos dio una verdad tan hermosa que nunca hemos podido olvidarla.
Ya no llevamos el pelo largo ni zapatillas eternas. Apaciguamos el sentimiento que nos grabó con limosnas y silencios. Pero aquel día, en aquella clase salesiana, con aquel profesor huesudo y vagabundo escuchamos la más hermosa lección de la vida, que los problemas sociales sólo se resuelven con amor. Porque sin él la rueda del tiempo repite siempre las mismas injusticias. Desde el principio de los tiempos.



Impreso desde www.manueljulia.com el día 16/10/2021 a las 17:10h.