11/04/2010

MIRAR

Hace mucho que no veía una primavera tan hermosa. El otro día viajaba por la zona de Montiel, y al ver la tierra estallando de verde puro, imaginé que iba por Asturias. Después, incluso, pensé que el paisaje que observaba era más bello todavía, pues un inmenso tapiz de amapolas rojas se había adueñado de la llanura, y aquel lugar, parecía el escenario de un cuento de los hermanos Grimm. Tuve que parar el automóvil y quedarme un rato observando. Las piedras eran de un marrón brillante, los prados estaban llenos de hierba avariciosa de luz, el cielo era más azul que nunca y el perfil del castillo perdía su sombra mortuoria frente al tacto del avaricioso sol del mediodía. Las recientes lluvias han conseguido que nuestra tierra se llene de abundancia y belleza. Además, a todo aquello, lo rodeaba un silencio rotundo que sólo el brío del viento rompía con delicadeza. Pensé que esa felicidad, la de observar la tierra, sentirla, verla como un ser que nos envuelve, es una felicidad cautiva. Demasiadas veces pasamos por nuestro lugar con los ojos quietos en las señales de tráfico y la carretera, viajando hacia un horizonte que nunca llega, al que miramos pero apenas vemos. Pero el campo es como nuestra sangre. Después de siglos alojándose en la retina de los ancestros, se ha grabado en nuestra alma. Tiene tantos mensajes que ofrecernos. Todos ellos están llenos de calma, esa de nuestra llanura al atardecer, cuando el horizonte retarda la noche y los pájaros regresan a sus refugios ya cansados de volar. Lo increíble de esta llanura es que miras y la vista no choca con nada. Se pierde. Es como si se dirigiera al cielo y nuestra mirada, a trescientos mil kilómetros por segundo, nunca encontrara qué pudiera retenerla. Esta Mancha nuestra, tan verde, tan distinta, tan amplia, tan silenciosa, es capaz de relajar nuestras entrañas. Y conseguir que la mente vuele hasta donde duermen los sueños.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 02/07/2022 a las 07:07h.