13/03/2010

EL FIN

Cerrar los ojos y no despertar. Sin sufrimiento, sin espasmos, sin angustia. Así decía Delibes querer enfrentarse al último momento. Ése que ya no es de la vida. El escritor, desde que murió la amada, vivía dos vidas. La cotidiana, llena de los instantes que el oxígeno diario le entregaba; y la del recuerdo del ser amado, la de los sueños, porque como nos enseñó Proust en la mejor novela que jamás se ha escrito (después del Quijote) recordar es soñar. Recordar, sobre todo, a las personas amadas que un día se diluyeron como una nube en el cielo de la tarde. En una de sus vidas tenía los honores, la estima del mundo, en definitiva, todas las razones posibles para ser feliz. Pero su pesimismo y su nostalgia existencial, unidos a la ausencia de la amada, se ponían en la mirada triste. Por eso si uno se fijaba en sus ojos veía una carencia. Una sombra que descansaba en la retina. Una melancolía, como si buscase su alma. La mirada de Delibes, en sus últimos años, era mohína. Él mismo reconoció que le faltaba la mujer que se acurrucó junto a él en la noche, esa otra mitad que lo dejó incompleto para siempre. Si en la obra de Delibes uno encuentra una riqueza existencial muy sabia, en sus ojos abandonados uno veía la luz de la nostalgia. La vida oscura, la literatura finalizada, el amor ausente… Y con su nostalgia nos dijo que las cosas verdaderas, las que de verdad importan, tienen que ser como son. Por eso si una vida sin fin sería la peor tortura posible, habrá que convenir que la muerte es una liberación. Él la esperaba y sólo temía de ella el dolor. Ahora su mirada agónica ya no tiene la nostalgia en la retina fría. Tiene el perfil del silencio. Y por qué no decirlo, de la esperanza. Pues creía, como muchos creemos, que si en la vida hay una muerte necesaria, igual en la muerte hay una vida portentosa, oculta. Esa vida de la muerte que Cristo mostró con la fe y Sócrates con la razón.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 05/12/2022 a las 19:12h.