21/01/2004

Sentina de sueños

El tiempo es deleznable, casi siempre. Y no sólo porque deje la vida tirada en la cuneta, también porque a veces saca lo peor de nosotros. Al cabo, con los años, termina enseñando los bajos de la identidad. La hipocresía permanente es imposible. El tiempo, al fin, es el mejor detector de mentiras conocido. Es un excelente detective capaz de destapar los disfraces más ciertos o las aristas más luminosas de las sombras. Y no digo también que es el mejor juez que existe, porque teniendo en cuenta la lentitud de la justicia, podría sonar a cachondeo. Pero el caso es que ahora, mientras escribo dejándome los dedos en el ordenador como los tertulianos se dejan la palabra en las ondas, suena en mi buhardilla una música maravillosa. Escucho el tacto de un piano bullicioso y los latidos de una flauta que se deja enamorar por la armonía. Siento una música que me sabe a soledad. El piano avanza con un ritmo delicado por las paredes calientes. Se deja luego violar por una guitarra misteriosa. Se amansa en la ternura de los violines como un ser con esperanza.

Así, mientras escribo, suena en alguna de las emisoras de FM la “Andalucía espiritual”, de Felipe Campuzano. La reconozco al instante. Recuerdo haberla escuchado en todo tipo de situaciones. Estudiando, relajado en la siesta, en el automóvil. Todavía tengo los cedés montando guardia en la estantería, aunque recuerdo que hacía bastante tiempo que no la escuchaba. Ahora suena en el altavoz de la emisora desconocida el volumen dedicado a “Sevilla”, el que más me gusta. Por eso, cuando escuché el “Embrujo”, el primer tema, con la música recordé las palabras de protesta en la presentación del Cd de Antonio Burgos (a la verdad de Sevilla le sobran brujos, duendes, toreros, gitanos, cigarreras, cármenes y cartonespiedras).

Está sonando mi tema predilecto, “Barrio de Santa Cruz”. El piano se duerme en mis oídos como un bebé. Y así, escuchando esta maravillosa música, creo que a la verdad de la música le sobran a veces las mentiras de los músicos. Esto lo pienso porque antes de subir a mi buhardilla, a mi templo literario, amodorrado en el sofá he visto al compositor de esta música bellísima y olvidada, Campuzano, introducido de lleno en la charca mediática del famoseo. Contaba no sé qué historias de la Pantoja, de su mozo, o de esa tal Mila Jiménez, conocida más por arpía que por señora de Manolo Santana. Y viendo a Campuzano mediar en tal tipo de reyertas bajunas, he llegado a la conclusión de que a veces el artista no merece su obra. ¿Ese tipo que aparece largando como un puercoespín de salón, compuso los maravillosos sones de “Amanecer de campanilleros”? Ah, no, no creo. El tiempo se ha tragado al compositor de aquella melodía en su sentina de sueños.


Impreso desde www.manueljulia.com el día 02/07/2022 a las 06:07h.