17/01/2009

INJUSTICIAS

La justicia es un fuego que llevas en los huesos, he leído que dice alguien por ahí. Y la verdad es que me gustaría que la frase fuese cierta. Porque, si realmente la justicia fuese una brasa general y profunda que se revuelve en las entrañas cuando triunfa la injusticia, seguro que muchas de las barbaridades que vemos a diario en la tele, que no dejamos de leer en los periódicos y de escuchar en las radios no serían posibles. ¿Cómo puede ser que se masacren niños de manera tan atroz como en Gaza y no se produzcan concentraciones en todas las plazas de todas las ciudades del mundo? Quizá será porque la frase que he dicho antes no es cierta. Puede que como especie tengamos una ligera inercia antropológica hacia la justicia, o algún tipo de angustia o molestia contra la injustica, claro, pero de ahí a que nos consuma un fuego las entrañas cuando triunfa la injustica va un abismo. El pobre Quijote, que sí tenía ese fuego en los huesos, siguió el dictado de la persecución permanente de la injusticia y ya sabemos cómo acabó. Lleno de pedradas y desventuras. Y probablemente ocurra que el egoísmo y la autoprotección suelen marcar más nuestros comportamientos que la sed de justica. También hay otro hecho de características sicológicas: que la repetición de las cosas suele quitarles el asombro y la estupefacción cuando lo merecen. La repetición crea una costumbre, esto es algo que se dice mucho en el márquetin comercial. Y por eso ocurre que nos hemos acostumbrado a ver tanta miseria y crueldad y angustia y sufrimiento y desesperanza en los medios que ya apenas nos soliviantan. Además, rápidamente dos cuestiones de carácter pragmático suelen venir en nuestra ayuda: una, que estas barbaridades ocurrieron y ocurrirán siempre desde que el mundo es mundo; y dos, que apenas nos va el asunto porque nada podemos hacer. Es todo tan complejo y lejano que nosotros, pobres ciudadanos, somos ajenos a todo. Esas imágenes cotidianas de un mundo cruel algo nos punzan por dentro, pero no damos un paso más. Aunque sea sólo el de poner un leve telegrama de protesta a determinadas embajadas. O el exigir que los partidos hagan algo aunque sólo sea de manera testimonial. O un segundo de silencio mirando al cosmos por si alguna autoridad sideral tiene a bien parar tanta masacre. Pero nada pasa. Los asesinos de niños no temen a la opinión pública. Viven una impunidad que no nos deja demasiado bien como especie. En fin.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 05/12/2021 a las 03:12h.