27/03/2005

El umbral


Cuando se llega al umbral del medio siglo suele aparecer el recuerdo remoto. Al menos así lo decía Proust, quien demostró ser un elefante en esto de los recuerdos. Y así, lo que ayer estaba exento de tiempo se torna ahora cuenco de imágenes antiguas, como si en la mente se proyectara una película conocida y sin embargo misteriosa. Y por eso encuentro viejos significados, que creía ya perdidos para siempre, en los viejos símbolos. Por ejemplo, hasta hace poco, yo concebía la Semana Santa como un espectáculo litúrgico de masas. Miraba desde lejos la lenta procesión de la púrpura y apenas si removía mis entrañas. Sentía ajeno el escenario litúrgico del atardecer, la luz agónica de las velas o los pasos de los nazarenos en el tapiz de la noche. Nada sentía ante esa marabunta de túnicas.

Pero ahora, con el medio siglo grapado en mi retina, siento que algo nuevo, que es viejo sin embargo, se refleja en todos los blasones y en todos los entornos fugaces de la Semana Santa: películas religiosas, dulces, palmas, colores umbríos, vagar por los mesones atestados… Ahora veo los pasos cimbreantes y las sombras de las luces como si emergieran del ayer. Es como la procesión de otro tiempo que se mezcla con las riadas humanas y se desvanece. El agnosticismo sigue con sus dudas, pero ahora, con el punzante sonar de las frías trompetas estallan recuerdos de adolescencia: primeros lazos de amor junto a las imágenes torturadas, miradas infantiles de colegio, la camisa blanca, limpísima, esperando el desfile por las calles anchas y sucias del pueblo.

Miro la Semana Santa y algo en el aire me huele a inocencia. A credulidad descarnada que ya no volverá si no es ambientada en los símbolos inútiles. Miro las imágenes que no siento y no puedo evitar que cierto ahogo me abrace por dentro. Llega un momento en que el pasado de la infancia irrumpe y se apodera de todo. Nada se puede hacer para evitarlo.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 20/09/2021 a las 07:09h.