13/10/2004

Don Juan de los inviernos

Estos primeros alientos del frío me los anunció el juanete de mi vecina. Ella tiene en el pie derecho un termómetro cárnico que capta las lejanas borrascas o las primeras visitas de los gélidos vientos de los polos. El susodicho juanete es más fiable que el Meteosat, jamás falla en sus predicciones. Y tanto lo estima la doña que lo llama don Juan a pesar de que cuando dictamina duele como si estuviese forjándose a fuego. Este maldito juanete ya anuncia el invierno, Manuel, me dijo hace unos días enseñando el pié por la ventana, orientándolo hacia el viento del sur, por donde se aparece el AVE. Luego me mostró como relucía la gigantesca roncha al absorber las primeras, invisibles gotas del vapor del invierno. Servidor estaba debajo de la ventana, charlando con el marido, y al sentir el rastro del juanete por mis sienes pude observar, según sus enormes latidos, que don Juan estaba a punto de hablar y decir que se acercaban los fríos. Pero no habló, señaló solamente la fuerza de las nubes entre el viento, el techo blanco y oscuro del otoño presunto.

Y luego mi vecina guardó a don Juan en un calcetín gigantesco, con dulzura, como quien envuelve un tesoro. Que pena mujer que tu juanete sólo dé vaticinios atmosféricos y no políticos o financieros, le dije, te harías de oro, imagínate saber en qué siglo futuro el PP ganará en Andalucía. Narices, en la vida, me dijo, sobre todo mientras las garras del Opus y los carcas no le dejen respirar. Aunque, añadió, eso no lo sé por el juanete sino por el cerebro. Y luego siguió diciendo que los juanetes son muy suyos, y sólo le hacen la competencia a Minerva Piquero, no a Rappel ni al Oráculo de Delfos. Y bien que le hacen la competencia a los meteorólogos, porque nunca se equivocan. Son como aquel fraile de la infancia que solía estar colgado de la pared señalando el tiempo futuro. Igual son los poseedores de juanetes, que te dicen sin fallo cuando el verano se va por las alcantarillas o si el otoño vivirá algo antes de nacer, sobre todo ahora que los inviernos estallan como el azahar, siempre de repente.

Y así, si algún poseedor de juanete locuaz te dice que llega el invierno ve sacando la lana olvidada y los abrigos pesarosos. Será que el maldito llega sin dar siquiera tiempo a que se caigan las hojas de los árboles o a que los parques se merezcan la roja alfombra de su muerte. A mí, mi vecina, con su don Juan más parlanchín que la ministra de cultura, me lo ha anunciado cuando todavía tengo el verano alojado entre las uñas.

En fin, que la sabiduría se suele encontrar en los lugares más insospechados. Hasta en el dedo de un pié, por ejemplo. Qué cosas.


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