06/10/2004

La Fantrasía


La esencia de toda religión es el matrimonio entre una fantasía y una necesidad, la de la trascendencia. Durkheim también decía que toda religión cumple, ante todo, una función social. Se puede decir, por tanto, que la mezcla entre la agonía ante la muerte y la necesidad de cohesión social son el alimento básico para la creación de la fantasía de la existencia de un dios que nos dará felicidad o amargura después del final. Y tal fantasía, al cabo, se ha engalanado con todo tipo de ropajes. Goethe, en Fausto, la viste de luminosidad, se pregunta si nosotros no somos otra cosa que un destello de dios. Quevedo adornaba la esencia divina con pestañas y decía que la vida pasa cuando le place al del ojo grande. Rabelais, el cachondo, lo vestía de alfarero y decía que tan alto personaje nos hace según su divino arbitrio, como el alfarero sus cazuelas.

Y así, desde la fértil imaginación de estos grandes autores, me imagino a ese ser con un ojo de cíclope dándole a la máquina de hacer personas, las cuales caen del universo hacia la tierra como churros. Y ahora que hablo de churros recuerdo que Metter, quien como judío llamaba a la fantasía Yahvé, decía que después de todo el tal creador no hizo tan bien nuestro mundo como para tener el derecho de llamar a la gente al Juicio Final. En todo caso, sería la gente quien debería llamarle a él para pedirle explicaciones. Algo así dice Saramago cuando presenta al Cristo moribundo expresando que perdonemos a dios porque no sabe lo que se hace. En fin, que cada uno, sabio o ignorante, vista la fantasía a su gusto, que es lo que procede con todas las fantasías.

Sea el Gran Demiurgo, Gran Geómetra o Gran Absoluto, que no sé, el caso es que si alguna certeza tenemos es que nos dejó tan pocas pistas que ni Sherlok Holmes descubriría el entuerto. Por tanto, no nos queda más que soñar y convertir la certeza en misterio. Y que después, por si acaso existe el infierno, que cuando nos llame nos pille confesados, comidos y lavados, en orden de revista, que se decía en la mili. Mientras tanto no podemos hacer otra cosa que soñar. Y nadie, por consiguiente, ha de tener derecho a dirigir nuestros sueños pensando que así, en el fondo, lo que dirige es nuestra vida, las más de las veces en su provecho. Por tanto, a ver si los curas, en razón a no sé que palabra divina, dejan de meter tanto el moco en las uniones homosexuales. Que no conviertan los sueños en pesadillas. Porque como decía el Voltaire agnóstico, todos los dioses son siniestros. Y quienes los interpretan más. Que digo. Ea.



Impreso desde www.manueljulia.com el día 28/01/2022 a las 10:01h.