23/06/2004

Desde lejos


Creo que la anécdota es de Unamuno. No recuerdo bien. Podría haber sido así. Al parecer, al atormentado filósofo, poeta, novelista y no sé que más, se le acercó un criollo sudamericano algo furibundo, recriminándole por las barbaridades que los españoles habían realizado en Hispanoamérica. Vosotros, le decía, eliminasteis las maravillosos vestigios de una cultura ancestral, asesinasteis a los pueblos que allí vivían, violasteis a sus mujeres, robasteis sus riquezas y esclavizasteis a aquellos que os entregaron su admiración y su devoción. Bueno, le dijo Unamuno, yo soy español y creo no haber realizado nada de eso que dices. En fin, le contestó el criollo, obviamente no me refiero a ti, sino a tus antepasados, que fueron quienes realizaron tales indignos atropellos durante más de trescientos años. Ah, ¿te refieres a mis antepasados?, le contestó Unamuno. Pues claro, le insistió el criollo dispuesto a un debate que imaginaba victorioso para su dulce y vengativa dialéctica. Pues en fin, te equivocas, le dijo seco y decidido Unamuno impactando sus duros ojos en la tez oscura del criollo. Mis antepasados, le dijo con la intención de decir las palabras definitivas, se quedaron es España; fueron los tuyos quienes se bañaron en la sangre de unos pueblos que los creyeron dioses que regresaban de sus disputas antiguas.

Y el criollo silenció. Porque la historia, en cada instante, genera nuevos caminos que siguen su propia realidad. He contado esta brevísima historia porque escribo este artículo en la ciudad de México D.F., y ha habido momentos en que me he sentido como Unamuno ante cierto rencor histórico que parece agrandarse con los años. En el Palacio del presidente están los murales de Diego Rivera, el genial pintor que tanto hizo llorar a la maravillosa Frida. Y en esos murales que albergan la historia de México el maniqueísmo impera hasta el punto de que la única figura positiva española protegiendo a un indígena del diablo Hernán Cortés, con un crucifijo mostrado a la manera que se muestra a los vampiros. El final es Marx y la independencia. Y al cabo ésta se asienta sobre una extensión interminable de chabolas que se ven agónicas desde la ciudad hasta las pirámides de aquella civilización que creyó ver a Cortés como el dios que regresaba de unas viejas disputas. El debate actual en México es el miedo, la violencia, el subdesarrollo, la inevitable existencia de una sociedad de castas que daría envidia a la mismísima India. Diego Rivera creía que Marx vencería a Colón. Pero quien ha vencido es su mural, recurso turístico de una revolución que se ahogó en la sangre de sus víctimas sin voz.


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