15/10/2003

El feto de Grifo

Cuando vino a este mundo la pobre oveja Dolly, ya nos olíamos un execrable tufillo a ingeniería genética de la peor calaña. Algo así como la que usaban los potentados de aquella época del pelotazo, con los intereses y las cuentas, para clonar billetes. Aquí, pensábamos, huele a soberbia indeseable. Seguro que pronto aparece alguien que quiere ser Dios y se pone a tirar seres humanos por fotocopia, o por scanner, que es más moderno. Oiga, póngame el mío rubio, con ojos azules y pinta de Querubín. Y yo quiero una que tenga morros Mélanie Grifitt, senos muy obregones y nariz a lo Rossy de Palma, que este año se llevan los perfiles picassianos. Vamos, que se veía venir ese mercado de carne pensante, y como se percibe que la sociedad anda buscando todavía alguna que otra ética perdida, pues nos barruntábamos que algún Doctor No ayudado por cualquier millonetis extravagante estaría en la lejanía investigando cómo se hacen tipos con la mirada de George Clooney y el culo de Antonio Banderas.

Ya lo dijo Aldous Huxley, que todo comenzaría con una oveja. Pues son las ovejas las que como especie más se parecen unas a otras. ¿Quién es capaz de distinguir rasgos identitarios en las pobres ovejas, o por comparar, en una masa furibunda de nacionalistas extremistas o islamistas fanáticos o zafios charlatanes del corazón? Nadie. Son el ejemplo modélico de la masa. La sustancia vital del concepto de rebaño. Si antes nos hubiésemos parecido tanto como ahora a las ovejas, seguro que Ortega no habría escrito aquello de la rebelión de las masas. En todo caso, habría titulado su famoso libro la "Rebelión de las ovejas", pues hasta la misma religión se complace en que seamos rebaño obediente y ordenado, atento a los silbidos del pastor.

Así que ahí está el riesgo. En que todo comenzara con una oveja y por tanto el entuerto genético nos diera pistas más que suficientes para que mañana por esa vía los pudientes se parezcan a Benn Affleck y Jennifer López, y los de la clase media currante, que somos la mayoría pagadora de impuestos, a Jesús Bonilla y a Santiago Segura. Las diferencias son inevitables. Es obvio que todos no podemos ser el cachas de Arnold Schwarzenegger porque no todos podemos ser gobernadores de California. Ni siquiera tenemos por qué aspirar a tener el estético bigote de Aznar, el apuesto labio inferior de Zapatero o el intelectualísimo frontis pespunteado de pelos rebeldes de Chaves. Siempre ha habido, y habrá, clases. Hasta en las futuras clonaciones. Así que nos dejen vivir en paz como clase media pagadora, que ya nos sabemos los peligros. Grifo, vade retro, Satanás.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 16/10/2021 a las 17:10h.