15/04/1998

El sentimiento Borrell


Mi amigo, socialista irreductible, que ha engullido incólume todas las pifias pasadas y justifica como despiste el inmenso mural de la corrupción, está hecho un lío, no sabe si votar a Almunia o votar a Borrell. Para él, este dilema es una cuestión identitaria. Algo así como cuando tuvo que aceptar que González y Guerra no eran el misterio de la santísima dualidad, un solo designio con dos voluntades, sino la evidencia de dos designios enfrentados. Aquello desencajó sus esquemas militantes, porque si el corazón le pedía reverencias guerristas, el instinto de supervivencia le envió en brazos de la obediencia debida a González. La guerra interna le costó metafísicos dolores de cabeza, una especie de angustia existencialista que luego superó cuando le llovieron breves dones por su elección acertada.

Ahora, con las primarias, renacen las viejas angustias. Por un lado, transmite obediente las consignas del aparato: que votar a Almunia es mantener la estabilidad, que la victoria de Borrell sería como nadar en las aguas revueltas de un río desbocado que fluye hacia un océano anónimo. Pero, por otro lado, una parte profunda de sus entrañas militantes se entrega a Borrell, engancha en su mensaje, en su dicterio ilustrado, se deja llevar por los vientos diferentes que trae el ágil verbo del catalán. En algún oculto lugar de su naturaleza las ínfulas borrellianas le despiertan sentimientos utópicos.

Es extraña la situación de mi amigo. Por fuera es vocero de la jerarquía, pero por dentro el alma socialista le pide que gane Borrell y renazca algo nuevo que arrastre las pestes del pasado. Además, le molesta la desigualdad de medios de los dos candidatos. Almunia tiene la bendición papal y Borrell, el errabundo, no tiene más arma que su convicción ideológica frente a los designios del Sanedrín de oligarcas del partido. Es una batalla desigual. Por eso, mi amigo, aunque adoctrina militantes confusos con el slogan de que Almunia es la certeza y Borrell el enigma, no puede evitar incrustar en la prosa oficial una alabanza a Borrell, qué claridad de ideas, qué cinco minutos en Sevilla, qué madera de líder.

El, como tantos militantes, tiene un problema enigmático. Apenas le gusta Almunia. Le encanta Borrell. Pero aún no sabe si votará al catalán o a la prima-dona felipista. O barrunta no votar a Borrell. Algo profundo detiene su mano para el voto deseado. Es extraño. ¿No habrá hechiceros en el aparato?

Impreso desde www.manueljulia.com el día 09/12/2021 a las 05:12h.