23/07/1994

Intermezzo


De tanto apresar la vida, de tanto sentir la cotidianeidad dibujándonos las horas, poniéndonos frente a la pared para ser asaltados, hemos creído necesario dejar las armas de vencer el día, guardarlas en el desván y descansar un poco. Ha sido un año en que la historia se escribió con prisa, se nos presentó densa ante los ojos y no estábamos preparados para tanto sobresalto.

Somos los hijos de esta época que llaman post-industrial, que nos deslumbra, nos desorienta, nos presenta ante los ojos el dualismo inevitable de un mundo que siente a la vez el umbral del siglo veintiuno y el frío desprecio por la vida en cientos de campos lejanos en donde los hombres se consumen.

Y era necesario olvidar, sentir que aún crecen los geranios, que los árboles esteparios aún siguen quietos en la llanura, que más allá del asfalto los ríos que han sobrevivido mantienen su cortina de juncos, que vuelan los viejos gorriones sobre las macetas del cielo.

El verano, ese interludio necesario, nos ha apresado en su calor y en su olvido. Nos ha vuelto a la lentitud del tiempo, necesaria, según decían los antiguos griegos, para gozar cada partícula del aire en los pulmones.

Ahora, mientras las farolas se hunden en el asfalto abrasado, dejemos que el sol seque las espigas, simplemente, y que la calma inunde las callejuelas acostadas y las aceras encendidas.

Ya vendrán, nuevamente, las nubes grises del otoño y reanudará éste río de la vida sus aguas de ayer.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 26/05/2022 a las 17:05h.