26/06/2022

EL MAR, EL MAR

Podría observarlo desde una perspectiva biológica, o geográfica, o naturalista, pero cuando estoy frente a él y una brazada de viento marino se estrella en mi pecho, y me alienta el alma, solo puedo verlo desde una percepción poética. Esa que le asignaba María Zambrano a la poesía, la delicada misión de explicar el misterio de la vida, o la que dijo JRJ, el pensamiento de la soledad. Frente al mar, la mar, en condiciones de diálogo único, sin los murmullos de la multitud y los brillos grasosos de los cuerpos, siento mi soledad llena de gozo, como si esa contradicción entre el imperio de la tribu y la libertad profunda de cada uno desapareciese, y estar solo frente al mar fuese lo más hermoso que existe, callado, mirando, dejándome invadir por cada pensamiento que del mar sale y en mi corazón se asienta.

Y siento, como María Zambrano, que son lo mismo, pues el mar es la poesía que queda una vez que se han perdido las palabras por el basurero de la conciencia. Mi pecho late como las olas serenas, y si se enfurece el mar, mi corazón aguanta, porque en la furia de las aguas despierta otra belleza y es una sinfonía que cumple el ciclo de la vida. Uno de mis libros, El sueño de la vida, comienza con un relato en el que cuento lo que sentí la primera vez que lo vi en directo, tras un azaroso viaje con mis padres en el que llegamos a un mar solitario donde pudimos mirarlo juntos y sentimos que nuestras soledades creaban una única maravillosa soledad.

Lo nombro en el título, como Iris Murdoch, dos veces, es el ir y venir de las olas, o escucho a Paul Valery, "La mer, la mer, toujours recomencée", o sea la muestra física de una percepción de la eternidad, esa que, aunque desconocida, deseamos para lo hermoso: el amor, el alma, el abrazo inmenso, el beso con todo, la sonrisa del ser amado, la magia de una mirada, la caricia que emerge de la añoranza...

Para mí la gran poesía de la vida es el mar, y al igual que con el fuego, puedo estar un tiempo largo mirando, sintiendo algo atávico que me relaja. No en vano el fuego y el agua son las dos cunas de la existencia, la tierra nació del fuego, nosotros del agua, y de su unión surge la vida que alienta el vacío, una vida que al alcanzar la inteligencia puede descubrir que todo está escrito, pero que no podemos leerlo con los ojos de ahora, insisto en ello en mi último libro, El corazón de la muerte.

Dice Ana María Becciu, que en inglés, The Sea, the Sea parece un eco del griego "thalassa, thalassa" de Jenofonte, el grito alegre de los guerreros al ver el mar porque saben que pronto se embarcarán para llegar a casa. Así siento mirándolo, que, olvidándome del barquero Caronte y el río Leteo, a él volveré para llegar a casa, a la única en donde puede, quizá, habitar nuestra alma. La casa de la que salimos, como el fuego y el agua, para luchar en la batalla de la vida.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 07/10/2022 a las 15:10h.