18/04/2020

EL OLVIDO

El tiempo lleva sobre la espalda un morral donde echa las limosnas destinadas al olvido, dice Shakespeare en labios de Ulises (Troilo y Cressida). Leyendo un libro de José Ángel Valente, Cuaderno de versiones, donde recopila poemas traducidos (Donne, Keast, Hopkins, Cavafis…) me han saltado entre los labios esas palabras, quizá porque he relacionado Valente y olvido. Qué enorme es ese umbral por el que pasan las limosnas destinadas al olvido. En España somos expertos en elevar el olvido a la categoría de injusticia. No me refiero a ese olvido que Aurora, en Lluvia fina, de Landero, dice que enriquece el recuerdo cuando lo recrea la imaginación y la nostalgia. Me refiero a ese olvido que da tristeza porque vendrá. Ese de un país sobre aquellos que tanto dieron y merecían, como por ejemplo el novelista Francisco Casavella, convertido en un hilo de la memoria tan fino que no se ve. Manuel Vilas lo recuerda, creo, en Ordesa, libro que me parece mucho más emocionante y hondo que Alegría. Algunos grandes cuando desaparecen del escenario se pierden por la boca negra de bastidores. Escritores, científicos, músicos…En un flash desaparecen como si un mago los hubiese volatilizado con sus dedos chispeantes. Umbral por ejemplo. Si levantara la cabeza y viera el polvo de ausencia que le envuelve, volvería a escribir columnas, desde la muerte. Se agradecerían.

También me refiero a ese olvido de lo que amamos tanto, y sin darnos cuenta, poco a poco cruza la tela negra del adiós para siempre. Aquel familiar que tanto nos ayudó. Aquel beso que rozó el alma. Aquella persona de la que tanto aprendimos. Aquel amor que fue más verdad que ninguno, pero que no pudo ser. Siento citar, por exceso de uso, a Cernuda y su título, Donde habite el olvido, que viene de Bécquer. Me pregunto si habrá un espacio, un no lugar (Dionisio Cañas), en donde esté todo aquello que no merecía morir y murió dentro de nosotros. Todo aquello que fue tanto y se quedó en nada. Un día nublado en la playa recordé un atardecer, solo, en la Coruña, el día que conocí el amor, tan joven, y lloré de rabia por haberlo olvidado. Lloré porque aquel momento frente al mar gris del Atlántico merecía la eternidad. Merecía no morir. Era más yo que nada. Me ocurrió como a Odette escuchando la sonata de Vinteuill, que renacieron todos sus recuerdos de cuando estaba enamorada.

Para mí el olvido debería ser solo un elixir para lo amargo. Ese umbral que todo lo traga debería cerrar sus puertas cuando algo lleno de belleza y amor se acerca. Y dejarlo afuera vivo, trasegando por la conciencia, vibrando, acompañando la soledad profunda que nos acerca al vacío.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 22/04/2021 a las 05:04h.