29/09/1995

El lacayo

Dice Umbral que los escritores gubernamentales ejercen la vaguedad y distribuyen un sosiego papalicio, y en provincias digo yo que hay periodistas orgánicos de tal especie que no llegan a tanto, y sólo pueden ofrecer una pluma vasalla, corta en talento y con un estilo literario digno de jáquima, cincha y cola jumental: varones ignacianos que escriben al dictado de su Señor que les infunde la mala literatura. No hay peor dolor en esta vida que tener que llenar una crónica perdida y poseer el talento de una langosta para la pluma. Puede uno comenzar con aquello de "cuando escribo estas lineas", como si el lector fuera imbécil y no supiera que lo que tiene ante sus ojos son lineas escritas, siendo después, que tan malo es lo que sigue como el comienzo. Quevedo, en una obrilla jocosa que se constituyó en premática, masacraba a los plumillas anémicos quitándoles sus adjetivos comunes, y estos se morían en un folio en blanco. Por eso, para ser un buen columnista vasallo, no basta sólo con querer, también hay que saber escribir: que la trashumancia de la orden fructufique en felonía eficiente. No basta con ser calvo, bigotón o usar gafas bajo un rostro chivitero, por ejemplo, ni parecer intelectual o saber doblar la cerviz con gracia infinita ante el mando; para ser un buen plumilla gubernamental, insisto, hay que saber escribir, darle gracia, ingenio, condimento, riqueza verbal al mandado del que paga, salvo que el dueño del plumilla quiera martirizar al enemigo con artículos malos, lo que es realmente cruel. No tener siquiera ese mínimo talento que, según Franklin, jamás falta a los tontos para ser malvados es realmente triste. Qué cosas os diría si supiera escribir, recordemos aquello de la moza al anciano cura de Campoamor.


Impreso desde www.manueljulia.com el día 26/02/2020 a las 17:02h.