20/01/2018

UNA EPIDEMIA DE SOLEDAD

Después de tener casi todos los instrumentos de comunicación posibles, la soledad avanza como una epidemia. Se desarrolla en una vida tumultuosa llena de cubículos en los que personas sin nadie se derriten mientras ven las luces de afuera. Ancianos que mueren solos en pisos oscuros, en pasillos vacíos, sin poder tener una mano que consuele el adiós de ese último viaje. Es una muerte sin despedida, y encima luego permanecen semanas con la soledad de la muerte en esa casa a la que nadie se acerca. Pero no son solo ancianos. En todos los estratos de la sociedad, en todos los lugares envueltos en la explosión de redes de comunicación, en todas las ciudades tumultuosas, cada día hay más ciudadanos que apenas tienen relaciones con sus vecinos. A nadie le importan. Y si entran en Facebook o Twitter o cualquiera de las otras redes disfrutan de sucedáneos en los que la palabra amistad se diluye en un contacto con cientos que apenas conocen y apenas les conocen.

La soledad es la enfermedad de nuestro tiempo. Tenemos acceso a un mundo vibrante. Vivimos en una noria que viaja por los lugares más perdidos del mundo pero somos unos extraños para los que viven al lado. En Gran Bretaña han hecho un informe donde se dice que el mal de la soledad afecta a nueve millones de personas. No sé si serán tantas en nuestro país, sobre todo en las grandes y medianas ciudades, pero sí sé que cada día hay más gente que no tiene a nadie a quién pueda llamar amigo. El informe, elaborado por una comisión parlamentaria, dice también algo terrible. Nada menos que la soledad suele estar asociada a enfermedades cardiovasculares, demencia, depresión y ansiedad. Para ilustrar mejor estos males, con ese aplomo británico numérico, el informe expresa que la soledad puede ser tan perjudicial como fumar 15 cigarrillos al día, o que 200.000 personas mayores no han conversado con un amigo o familiar en más de un mes.

No creo que en nuestro país, afectado del mismo mal y vorágine de la superficialidad, las cifras sean mucho menores. Por eso como en Gran Bretaña sería bueno que los políticos propusieran un método para medir la soledad y luchar contra sus efectos negativos. Sobre todo entre las personas mayores, aunque no olvidemos que afecta a todas las edades, incluidos los niños, público objetivo para que esta deshumanización de la época clave sus dientes. La verdad es que los medios actuales para conectarnos apenas nos conectan. Explotan realidades vacías sobre nosotros que nos disuelven en la nada. Dice García Márquez de uno de sus personajes que estaba tan solo que ya no le quedaban ni enemigos. Porque la soledad también implica el hecho de que ni siquiera alguien te odie. Que seas invisible para los demás. Un reflejo lúgubre, una sombra que pasa, unos pasos en un camino en el que nadie te acompaña. Se habla de muchas epidemias de nuestro tiempo (el cáncer, la anorexia...) pero la más triste que avanza como la peste es la soledad.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 28/06/2022 a las 20:06h.