13/10/2017

BANDERAS BAJO EL SOL

Otros años llovió y los que sienten que España es una patria de nadie, o de unos pocos que llevan en la sangre la peor historia reciente, se alegraron de ver al rey, a los ministros, a los cargos públicos, a la gente sufriendo bajo una lluvia casi de otoño. La escena brumosa era triste y recuerdo que un día de no sé qué año vi el desfile por televisión y sentí que se estaba celebrando a un país que a nadie interesaba. Hay yanquis, como vemos en las películas, que ponen la bandera de su país a la entrada sobre un mástil. Aquí diríamos que parece un cuartel. Y por la mañana la elevan saludándola con la mano en el pecho y la mirada recia del que abraza con los ojos lo que ama. Si aquí alguien hiciera esto le daríamos el número de teléfono de un psiquiatra, o lo afiliaríamos a la falange o se diría que ya está la extrema derecha ocupando los símbolos. De todas formas este argumento me sirve para preguntarme por qué la izquierda ha hecho huelga de la bandera dejando que la ocupe, como mínimo, el bando contrario.

Este año, con un sol reluciente que vuelve de cristal la chapa de los tanques, y deja blanco sobre azul el tubo de humo de los aviones, la he visto en televisión en un bar mientras tomábamos unos vinos. Estábamos en nuestra conversación, pero de vez en cuando mirábamos al enorme plasma del televisor y percibíamos que en la maravillosa mañana de verano, frente a las flores relucientes del paseo de la Castellana, el desfile era más bello que nunca. Y no solo por el sol sino también porque la voracidad banderil de los catalanes separatistas nos ha abierto el hambre por nuestra bandera. Se percibía en la gente, en la escenografía fugaz, en el rostro de los políticos, que aunque alarmado por el torpedo oscilante que ha lanzado Puigdermont a la línea de flotación del Estado, tenían en la mirada un orgullo nuevo que apenas había visto en los últimos años. Claro que ese no es sentimiento para todos, pues incluso entre los que estábamos en el bar había quien veía el color de la bandera lleno del alcanfor de los peores años.

Algo así como lo que piensa Pablo Iglesias y su gente de izquierda llamada auténtica. Todo el mundo puede pensar lo que quiera. Pero nadie puede negar que la grandeza de esta bandera es que tan poco se obliga que nada se impone, e incluso permite que se la pise, silbe, queme, desprecie, humille, insulte sin que pase otra cosa que brille con más fuerza en su talante democrático. Seguro que hay otras muchas banderas del territorio que por idénticas pugnas insultantes sacarían a las calles guerrillas y oprobios. Esa ha sido una contradicción persistente sobre la que apenas hemos entrado, aceptando así que el amor a esta enseña es menos profundo. Quizá este año eso ha cambiado, porque la quieren arrastrar al fango de la nada o quitarle un trozo de tela. Y además el sol ha salido a recibirla. Seguro que nos está diciendo que es hora de que cambiemos nuestra mirada.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 28/01/2022 a las 10:01h.