16/09/2017

EL SIGLO LOCO

No sé qué dirán los libros seguro que escritos con el magma luminoso de las pantallas de esta época que vivimos. Tengo claro que escribirán del final de la dictadura y la pacífica transición en un país que, por primera vez en su historia, aprendió a vivir en concordia durante unas cuantas décadas. Luego a principios del siglo XXI se rompieron los esquemas de un orden que funcionaba. Imagino que dirán que hubo quién se dedicó a romperlo todo sin saber qué narices crearía en su lugar. No quiero ser un antañón, ni algo parecido al abuelo Cebolleta, pero me chirrían en mi lógica tantos comportamientos que se han vuelto expertos en destrozar y apenas les importa nada lo que pueda crearse en su lugar. El impacto nuclear de unos medios de comunicación que no profundizan, ni analizan, ni estudian a fondo nada es brutal. Persisten en una batalla de fosforescencia y espectáculo que está dando pie a políticos reos de la grandilocuencia, las ideas simples, la mentira espectáculo y todo aquello que por simple se convierte en verdadero. El populismo consiste en eso, en eliminar las oraciones subordinadas, las profundidades difíciles, y plasmar la realidad en una frase. Algo imposible porque al final la realidad se desborda por todas partes creando ansiedad y desasosiego social.

El problema catalán es un ejemplo de esto. Unos defienden el simplismo de las ideas hermosas. La democracia grandilocuente, el derecho a decidir (que es una contradicción pues tener un derecho ya es decidir), la voluntad del pueblo y cosas así tan generalistas que pueden valer para todo y para nada. Otros tienen que defender conceptos más complejos como el valor del Estado de Derecho o de las normas en una democracia que pretenda ser de calidad y asegurar derechos complejos y contradictorios. Unos van a la contra de todo y les importa poco los efectos de sus actos. Otros tienen que prever que esto no acabe en un circo que al final ponga en riesgo todo lo conseguido en tantas luchas y tantos años. En este sentido me decepciona como ha caído cierta izquierda, que se llama portadora de las esencias, en ese espectáculo lleno de malos políticos a la greña y comunicadores satisfaciendo los instintos de sus facciones.

La izquierda siempre ha pretendido una calidad intelectual, desnudar la realidad de esas apariencias llenas de contradicciones y falsos análisis complacientes y simplistas. Pero ahora la veo entregada al tumulto fácil de las ideas simples. Se deciden temas importantes según el número de me gusta en Facebook o miradas en Twitter. No estoy en contra de estos instrumentos, pero sí de que sirvan para analizar a fondo nada. Llamadme antiguo pero me recuerdo en debates que superaban las doce de la noche en temas trascendentes del país. Decidir era importante. Había que enterarse bien de qué iba la cosa.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 26/05/2022 a las 16:05h.