11/06/2017

MOLINOS DE VIENTO

Vuelvo a los diarios de Gide. ¡Escribir!, dice, ¡ah, que delirante júbilo!, ¡qué locura! Pensar, soñar, y cantar lo que se ha soñado y pensado. Tengo la edición de varios tomos y recuerdo que hace años pasé un verano leyendo a Gide y a Proust. En verdad que en pocos momentos de mi vida fui tan feliz como aquel verano en el que los leía por primera vez. Me sentía tan deslumbrado por tanta profundidad y bella prosa que me costaba llegar al final de los libros, porque no quería que se acabasen. Ahora estoy leyendo la versión reducida de Gide. Y como en mi mente reposa el gozo de aquel verano y el libro no es grande lo leo con una lentitud pasmosa. Cada día paso, dice Gide, por una serie de entusiasmos en los que creo tener ya en mano todas las victorias, y de desánimos en los que me veo como el más necio rimador y el ambicioso más fatuo. Me veo retratado. ¡Lo que cuesta mantener una sensación, sea esta de victoria o de derrota! A veces me levanto y pienso que voy a devorar el mundo y a realizar todas las tareas pendientes, pero en otro momento solo abrir la puerta para salir a la calle, o ponerme frente al ordenador, se me vuelve un trabajo de Sísifo.

Como cuenta Laura Freixas en el prólogo a Gide al final de su vida la derecha le aborrecía tanto como la izquierda. Cuando murió, mientras en España la prensa franquista le comparaba con Satán, en Francia L'Humanité proclamaba con desprecio: Ha muerto un cadáver. Fue comunista pero jamás abdicó del sentido crítico, e incluso les dijo "Cristo es de los vuestros", pero al final se dio cuenta de que los verdaderos comunistas no eran, como él creía, aquellos a los que empujaba -como a él- un amor sufriente hacia nuestros hermanos, sino unos seres secos, insensibles, abstractos, con los que no tenía nada en común. Lo entiendo y recuerdo momentos de mi vida en que el sectarismo destrozó mi alma. Solo podías estar con ellos si aceptabas que eran poseedores de una verdad absoluta. La verdad no, tu verdad, la verdad si quieres vamos juntos a encontrarla, decía Machado.

Y la verdad es que ni la derecha ni la izquierda, como a Gide, me llenan ese deseo, algo quijotesco, de vivir un sueño social, una batalla noble por los demás. Por eso abro el periódico y ni la mediática moción de censura de Podemos ni las demás noticias levantan mi entusiasmo. No sabéis lo que sufre un corazón que no sabe su camino, dice Gide. Esa frase roza con fuego mi sensibilidad. También cuando expresa que nada debe salvarnos del aburrimiento salvo el trabajo. Por eso ahora para mí la verdadera felicidad está más cerca de un empeño laboral, literario, que creer en los vanos y falsos iconos de esta época. El ensueño mece el pensamiento, hace olvidar la tristeza, muestra un camino. Pienso en don Quijote. Estoy trabajando sobre él y el mundo me parece demasiado lleno de gigantes que no son molinos de viento.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 09/12/2021 a las 05:12h.