16/04/2017

CARNE Y ESPÍRITU II


Tengo una relación confusa con la Semana Santa. Quizá porque no soy capaz de entender esa mezcla que se produce entre mi concepción de lo divino y su expresión multitudinaria que termina, las más de las veces, en tumulto festivo, espectáculo callejero o festival fúnebre de sotanas o como queramos llamarlo. Yo concibo lo deífico desde una perspectiva más antropológica que teológica, más ligado a lo incognoscible de los misterios de la existencia que a las percepciones mitológicas, siempre impregnadas de una ignorancia que el desarrollo de la razón humana va diluyendo. Decía Voltaire que le gustaban más "Las metamorfosis" de Ovidio o los "Trabajos y los días" de Hesiodo que La Biblia, todos libros que engloban una cosmogonía. Encontraba en la cultura griega y romana más valores literarios que en la cultura judaica. Sin embargo creo que en La Biblia existen libros (El Cantar de los Cantares, El Génesis, El Eclesiastés…) que nada han de envidiar a Ovidio y Hesiodo. Siempre hablando, claro, desde una perspectiva literaria.

Pero vuelvo al principio. No entiendo el festival de luces y sombras que envuelve las ciudades buscando ese diálogo divino que yo solo puedo entender íntimo, enigmático, aislado del mundo, porque creo, como dice Lao Tse, que si hemos de creer en Dios lo primero que hemos de aceptar es que es imposible nombrarlo o definirlo con nuestra razón, pues "el Tao que puede ser nombrado no es el verdadero". Solo con la fe, o con el deseo o con la imaginación es posible acercarse a ese misterio, y por más que lo pienso todos esos sentimientos me cuesta entenderlos alejados de ese proceso interior en el que uno mismo siente, más que conoce o piensa, que esta vida ha de tener algún sentido más allá de la pura química o física, de la realidad de la materia. Pero en todo caso siempre lo siento envuelto en el enigma más que en tantas representaciones humanas o certezas interesadas. No olvidemos como se ha usado ese necesidad de Dios, durante la historia, para dominar la vida presente en base a una supuesta vida futura que unos pocos conocen y sobre la ignorancia general anuncian.

Creo que toda esta explosión de imágenes, tumultos, folclore divino no ayuda a una verdadera comunión con ese enigma llamado Dios. El alma debe irse "quitando quereres", dice con belleza poética San Juan de la Cruz. Por supuesto que sí entiendo, y me parece positivo, el fenómeno de la Semana Santa como oferta turística y vacacional. Ayuda al PIB y punto. Y quizá tampoco me parece despreciable entenderla como una gran manifestación contra nuestra soledad en el universo, contra el silencio de lo oscuro, pues al fin y al cabo nuestra pequeñez, soledad e ignorancia, requiere algún tipo de protesta. Aunque sea de alegría en algunos sitios, y de fúnebre tristeza en otros.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 05/12/2021 a las 02:12h.