18/02/2017

IRENE O EL PODER DEL AMOR

No hace daño el que quiere sino el que puede y a nadie voy a dejar que me haga daño. Escucho estas palabras de Irene Villa mientras recuerdo un aciago día del pasado, cuando el terrorismo golpeó con su dinamita sin mirar niños, ancianos, al cabo inocentes que solo pasaban por allí. Era el año 91 y el televisor disparaba al mundo una imagen que nos dejó la comida en la garganta. Tirada en el asfalto estaba Irene con las piernas cortadas, llena de sangre, el rostro sin mirada, la gente llorando y una nube de coches policiales rodeando la escena. Desde las casa podía olerse la dinamita. Desde nuestro cómodo sillón nos emergía una angustia y una incomprensión. Cómo era posible tanta crueldad, que hubiera personas capaces de realizar aquella matanza sin sentido. Mirábamos a Irene y se nos encogía el corazón. La frase que más se oía era que a aquella joven hermosa no solo le habían cortado las piernas, sino que también le habían destrozado la vida y que jamás podría superar aquel traumático día.

Pasó el tiempo. El terrorismo continuó su caza absurda. Olvidamos a Irene. Como tantas víctimas se perdió en el universo oscuro de las noticias pasadas. Nutrió la lista de cientos de miles de personas que habían sufrido lo que ella, o perdieron la vida solo porque el cruel destino las había hecho coincidir con el designio inescrutable de un terrorista que elegía el momento, la hora, el lugar, y ejecutaba su sentencia con la frialdad de un nazi. Para nada pensaba en hijos, proyectos, sentimientos de la víctima, y por supuesto tampoco en los que caerían dentro del macabro eufemismo llamado daños colaterales. La lista era tan grande que quien iba a pensar en Irene. La voracidad de la actualidad renovaba su nómina de sangre llevando al anonimato a miles de personas.

Sin embargo aquella imagen de la inocencia destrozada seguía pululando por dentro, quizá en el inconsciente o en alguna caverna de la retina que guarda lo que nos ha impactado de manera arrolladora. Por eso la primera vez que escuché una entrevista con Irene su imagen brotó de adentro como si hubiese pasado el día anterior. Lo primero que pensé es que escucharía su rabia, dolor, tristeza, angustia por aquel día siniestro. Pero no fue así. Encontré a una mujer que había perdonado, que a pesar de todo había luchado y conseguido la felicidad. Se había agarrado a una inmensa energía positiva, esa que es, al cabo, la que nos hace seguir adelante cuando la vida nos golpea con fuerza. Ha escrito un segundo libro, Como el sol para las flores, inspirado en un centro de acogida al que fue para contar su historia y ayudar a los chavales, la mayoría producto de historias duras y amargas, abandonados. A los niños les dio una esperanza. Escribe sobre el poder del amor y en los pasillos oscuros de la existencia enciende una luz y entrega una sonrisa.

Impreso desde www.manueljulia.com el día 26/02/2020 a las 17:02h.