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Sádico y sargento

12/01/2002

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Antes de que Campo Vidal, en su panfleto futurista El siglo de las luces, cantara los logros universales que la Junta realiza en la Sociedad de la Información, pudimos ver a un tipo histérico, asqueroso, insensible y amargo, un ser repugnante en calzoncillos con la mirada de fuego y odio, con la lengua docta en todas las expresiones capaces de definir a la ciénaga humana. Antes de que el político nos dijera que aquí tenemos las más inigualables infraestructuras, y frente al aserto, Vidal aplaudiera con la cara embobada por tanta gesta o recogiera sus babas alegóricas por lo listos que son quienes mandan, vimos a ese ser de rostro arrugado, cejas pobladas, labios finos, manazas de gorila, zapatones a lo Fraga y ojos azules de hielo que respondía al nombre de sargento Hatman.

Ay, sargento Hatman, cómo me recuerdas a aquél patético chusquero del campamento de Vitoria, cuando la juventud era cándida y libre; sí, al sudoroso analfabeto que quería hacernos hombres para una patria que sólo él sentía. Viendo tu soberbia animal renació en mí el amargado gordinflón que desplegaba sobre nuestros tiernos cuerpos todas sus frustraciones personales, sus limitaciones intelectuales y sus brutales experiencias de servilismo y vacío. Hoy, viendo La chaqueta metálica, del genial Stanley Kubrick, cuando el maldito sargento voceaba en los morros del recluta Patoso -saco de mierda vas a morirte ahora o espero, los maricas tenéis que pedir permiso para morir; lombriz repugnante vas a hacer instrucción hasta que el culo se te vuelva mantequilla-, no pude hacer otra cosa que pensar en mi brigada chusquero, aquel tipejo panzudo que hizo que un año de mi mejor vida fuera una temporada en el infierno, por supuesto, sin los lúcidos versos de Rimbaud.

Ahora, bajo la crudeza realista del gran director, embargado por la acidez de Hatman, pienso en ti, brigada chusquero, y me pregunto si tu sadismo tendrá aun carnaza para el placer del martirio. Tengo que matar vuestra personalidad, los periodistas sólo servís para limpiar la mierda de las mulas, clamaba en aquella cuadra que era su templo de miseria. ¿Cuánto mides?, decía Hatman al pobre Cowboy. Uno ochenta, respondía éste. No sabía que una mierda pudiera ser tan alta, le espetaba el marine a su oreja llena de saliva.

Me gusta Kubrick. Adoro todas sus películas, desde aquella Lolita comparable al libro de Vladimir Nabokov hasta la última cinta en donde los desnudos de Nikole Kidman y Tom Cruise fueron premonitorios de la punzante complejidad del deseo. Sí, antes de que el lívido publicista Vidal nos curtiera los oídos con las heroicidades gestoras del mando, vimos cine, cine puro, la realidad enlatada en una portentosa obra de arte. Odiado brigada, nada de ti ha quedado en mi mente, salvo el rencor sereno de la victoria. Ea.

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