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EL ROSTRO DE LA DERROTA

12/10/2013

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El otro día estuve dos horas por las calles de Madrid y se acercaron más de veinte personas a pedirme limosna. Los había de varias nacionalidades, de distinta edad, de diverso sexo. Aunque si en algo coincidían todos era en el agónico pulso de la mirada y en el uniforme andrajoso que vestía sus cuerpos. Algunos usaban solo para pedir su tristeza vagabunda, su destartalada presencia física, y otros, poseedores de alguna pericia musical, tocaban el saxofón o la guitarra, y bajo los acordes de Paquito El Chocolatero o El concierto de Aranjuez, pasaban la gorra después de tocar mirándonos como a mecenas del renacimiento. Las calles soleadas de Madrid, atestadas de gente que solo pensaba en sus asuntos, o harta ya de ser abordada por rostros angustiosos, parecían ajenas a tanto sufrimiento cotidiano.

Me da mucho pudor revestirme de alguna autoridad moral, y tengo odio a cualquier tipo de exhibicionismo caritativo, pero tengo que confesar que por un momento tuve que salir de la calle porque las lágrimas se desbordaban de mis ojos. Los que somos de provincias no estamos acostumbrados a esta procesión de almas en pena. No podemos mirar con ajenidad o desprecio esas demandas de gente que se siente en las últimas. Por eso aparte de quedarnos con los bolsillos secos, se nos rompe el corazón después de poner la moneda en las manos sucias, de decirle al pobre que no se preocupe, que no nos molesta.

Pero la gran ciudad respira sin dolor estas letanías andantes que a diario la invaden. Incluso se ha acostumbrado a ver mal a los indigentes tachándolos a veces de mentirosos, otras de drogadictos culpables, cuando no de vagos que se quieren escaquear de la sentencia bíblica, y no quieren sacar el sudor de su frente volviéndose parásitos insaciables. Algo así me dijo el que iba conmigo, madrileño ya con la piel tan dura, que a cada pobre que se acercaba, lo despedía con aire de insoportable molestia. Y no solo él. Estuvimos en una terraza y éramos poquísimos los que atendíamos las pequeñas esperanzas de aquellos desesperados.

En algún momento llegué a pensar que la solidaridad ha muerto. Que en esta época que se desprende con facilidad de tantas cosas bellas del pasado, la piel se ha vuelto corteza mustia y ya no hay sed por dar al que no tiene. Mi amigo me dijo que él paga impuestos y que corresponde al gobierno dar una solución al problema. Y quizá tenga razón. Pero mientras el gobierno se entera del inmenso dolor que existe, los que pagamos todo, no podemos mirar para otro lado. Al menos debemos exigir que en el corazón de hierro de los gobernantes comience el pulso a ser más humano. La indigencia crece a diario. La solución no puede ser no enterarse del asunto.

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