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HABLEMOS DEL TIEMPO

19/06/2011

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Lo más sabio sobre la naturaleza del tiempo lo dijo San Agustín en las “Confesiones”: Si no me lo preguntas sé lo qué es, pero si me lo preguntas no sé lo que es. Es decir, el tiempo es el enigma básico. Los filósofos han elaborado hipótesis imaginativas sobre él queriendo en el fondo apresar con cadenas lo que no tiene volumen. Por eso Heráclito se rindió con agudeza al enigma y dijo que el tiempo es un niño que juega a los dados. La sabiduría de Heráclito ha iluminado mucho a la ciencia. Pues algo así es lo que dice el principio de incertidumbre de Heisemberg o las “historias alternativas” de Feynman, quien demostró que cualquier observación está construida a partir de todas las posibles historias que podrían haber conducido a dicha observación.

Hasta hace un siglo filósofos y poetas se consideraban los expertos en el conocimiento de la naturaleza del tiempo. Antonio Machado nos mostró mejor que nadie la melancolía de la memoria, el vuelo del recuerdo, ave que va sobrevolando nuestra cabeza por los caminos perdidos. Y por supuesto, Proust escribió mejor que nadie cómo pasado y presente se unen en un solo tiempo.”Now is past”, ahora ya es pasado, dijo el romántico inglés Jhon Clare. O sea, el pasado sólo existe cuando es en nuestro presente. Por sí mismo está, como diría Cernuda, donde habita el olvido. El romanticismo reivindicó el ayer resucitándolo de la muerte para vivir en el presente.

Sin embargo, el subjetivismo de la poesía o el racionalismo teórico de la filosofía no pueden descubrir la naturaleza del tiempo. Porque entonces descubrirían el enigma de la vida y ya habría llegado el pensamiento a su final. Conocer es ser consciente de lo desconocido, sólo sé que no sé nada, decía Sócrates. Y ahora es la ciencia, con su habitual soberbia, quien quiere descubrir la naturaleza del tiempo. Descartes primero y luego la física cuántica, con su marco a escala subatómica, han dado los mayores bocados. Ya hay muchos descubrimientos. Y de todos ellos dos me parecen escalofriantes: observar es modificar, dice la física cuántica en el primero. Se interacciona con lo observado. O sea, que el recuerdo es una creación del presente, se dice otra vez.

Y el segundo, que descubrió Einstein, es más enigmático. El tiempo no es absoluto. Dos relojes, uno en movimiento y otro quieto, no marcarán, a escala subatómica, los mismos segundos. La velocidad afecta al tiempo. En 1971 se hizo un experimento con un reloj a bordo de un avión rodeando la tierra y marcó menos tiempo que otro estático. Esto quiere decir que si alguien volara de manera permanente hacia el este, envejecería menos. En definitiva, más lío. Si los filósofos y los poetas andaban confusos, llegaron los científicos y el enigma fue más enigma.


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