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EL TRIUNFO DE LA VANIDAD

23/01/2011

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Veía los Globos de Oro y me dio por pensar en las toneladas de vanidad que tenía ante mis ojos. Eran ellos, los actores de Hollywood, sabiéndose mirados y admirados por el mundo, y en sus ojos veía que se sentían los reyes de la vida, como si lo más importante del universo fuera ver la expresión de sus rostros mientras iban saliendo los premios. Por un momento me dejé engañar y quise pensar que eran los personajes que había admirado. Cuando vi a Robert De Niro me imaginé que era Vito Corleone. Encontré sus mofletes hinchados y esa voz oscura que inventó Marlon Brando para poder expresar la extraña mezcla que puede existir entre la crueldad y el honor. Pero cuando habló, representándose a sí mismo, bromeando de manera absurda, incluso algo racista, me di cuenta de que lo que había allí, encima del escenario, era un inmensa mole de vanidad mirando a una multitud de caras que también rezumaban vanidad, así como la fábrica de mi pueblo rezuma ese olor insoportable a huevos podridos.

A los vanidosos dioses del glamour les dio este año por reírse de todo. Quizá hastiados de todo tipo de fingimientos, inventaron el de hacer bromas pesadas, la mayoría de ellas más estúpidas que inteligentes. A Ricky Gervais le toco el papel de enfant terrible. Pero no creo que nadie se creyera que las inoportunas palabras que decía no formaran parte de un guión acordado. Reírse de los organizadores, por el terrible delito de que sean viejos, fue una de las mayores agudezas de la noche. El caso es que mientras el genial Ricky decía sus groserías, los actores actuaban y ponían cara de sorpresa, intentando hacernos creer que la burla no formaba parte de un guión preestablecido.

Estaban ahí, como colegas inseparables, cuando todo el mundo sabe que se despellejan como carniceros. Sobreviven en una lucha de egos en la que unos y otros demuestran en privado ser eficaces en descalificar al amigo. Subió Michael Douglas con rasgos de muerte en el rostro, y mientras los veía aplaudiendo, me dio por pensar en cuántos de aquellos no lo habrían puesto a parir por ser el hijo de su padre. Jeff Bridges salió con su cara de colgado, esa que mostró en El Gran Lebowski, de los hermanos Coen, y ya se le quedó para siempre. Me imagino la recoña que se traerían entre bastidores. Anne Hathaway no se puso un vestido de sirena, sino que se puso a la misma vanidad en el cuerpo, esa que no podían esconder los dioses del escenario, y que conseguía que miraran al de al lado deseando que se le cayera el champan encima, le explotara la silicona, o se corriera el maquillaje para que salieran a flote las arrugas pertinaces. Vanidad de vanidades, todo es vanidad, dice El Eclesiastés. Qué gran verdad.

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