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La cocina nacional

16/03/1996

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Uno de los actos que demuestran la habilidad de Pujol son sus continuas comidas con Rojo. A la autoridad monetaria hay que pillarla en la mesa, entre costillones y chupitos, bajo las ínfulas étílicas que eliminan las barreras de la frialdad y la cortesía improductiva. Si a todo un cancerbero monetario pretendes desnudarlo en su despacho, protegido por el ordenador y las curvas del PIB, rodeado de papeles ilegibles, puedes ser tú el que salga de allí con el cerebro mareado de meandros financieros, curvas de tipos y deficits. Después de tres horas de interrogatorio, al final sabes menos que cuando entraste. Sin embargo, a la vera de un oporto -no sé si Rojo bebe oporto, pero siempre me imagino al personal financiero endulzándose el paladar antes de cobrar los intereses-, una ensalada de langosta y la paletilla previa a las apetitosas viandas frutales, no hay quien se resista a contar la verdad al partenaire estomacal. Por eso Pujol en Madrid come con Rojo y regresa feliz y saltimbanqui a Cataluña, lleno de jeroglíficos resueltos. Todo son efectos saludables: le sale gratis la comida, y además, se lleva el verdadero estado de las cuentas del reino, dato básico para los pactos. Si Napoleon decía que las batallas se ganaban en la almohada, hoy día los buenos negocios se hacen en la mesa, y no precisamente en mesas sin manteles.

De Pujol deberían aprender los demás líderes periféricos. Cuando aún no era el tipo imprescindible que es hoy, ya visitaba el restaurante monetario del reino, hambriento de datos en mantel, y me sé de buena tinta, que jamás bajó a La Cibeles siquiera una racioncita de butifarra, no fuera a creer el mando financiero que los quería comprar con tan poca cosa. Por eso, cuando ve a su alrededor tanta estética giratoria, se permite el lujo de decir que está donde siempre, comiendo con los mismos en los mismos manteles, y que son los demás los que cambian de restaurante. En este tiempo de poses, se repara poco en la estética del piscolabis, en el discurso gastronómico, que es el envoltorio inevitable de las grandes decisiones. Vean si no la cara de jolgorio que tenía Anasagasti después de su comida de cuatro horas con Rato, cómo se evaporaron, entre chuletones y viandas pata negra, los rencores pasados. Aunque hayamos de invertir los impuestos en menestras y doradas a la sal, todo sea por la gobernabilidad. Digan lo que digan los periódicos sobre el entendimiento, hasta que Pujol no coma con Aznar, no sabremos que se cuece en la cocina.

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