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FESTEJOS

22/08/2009

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Por una ocupación anterior me he visto todas las ferias y fiestas de la provincia. Fui diputado de cultura, y como la fiesta es cultura, pues no podía faltar al lado de aquella algarabía. Y yo, que soy una persona más bien dada a la meditación y al silencio, me vi en medio de cientos de bandas de cornetas y tambores, acompañando hermosas dulcineas y poniendo cara de obispo en procesiones en las que uno sabía cuando empezaban pero jamás cuando se iban a terminar. Andaba como los turroneros, de feria en feria, y por superarlos llegué a estar en tres ferias a la vez en un mismo día. Llegué hasta a confundir a la virgen de un pueblo con la de otro y había que ver la cara de los lugareños al verme dar vivas a la virgen del pueblo de al lado. A partir de entonces tomé la precaución de decir siempre “Viva la virgen de este pueblo”, me encontrara donde me encontrara, para evitar que pudiera salir a gorrazos de algún pueblo en donde los paisanos no tuvieran sentido del humor. Recuerdo fiestas locales de todo tipo y condición. Fiestas cansinas en donde por mor de los bailes folclóricos se tuviera al personal más de cuatro horas con el rasgueo de las botellas de anís. Fiestas en donde la banda de música se vengara de la habitual indiferencia de los paisanos con un concierto de Stravinsky. Fiestas en donde se desfilaba por el pueblo en un interminable paseíllo llevando del brazo a la reina para envidia de los mozos borrachos que no se cortaban en soltar exabruptos. Y claro, fiestas con su baile de honor. Era lo que más odiaba. Porque no sé bailar, me muevo soso, como un pato cojo, con disipela. Pues con esas pericias he abierto unos cuantos bailes en las plazas de los pueblos. Los recuerdo todos porque todavía me dura el azoramiento. Sobre todo uno en el que me tocó una reina exhibicionista, la cual, ante mi torpeza, se dedico a rodearme con la danza de los siete velos y otras posturas bailongas. Aquello era para verlo. Un zapatones en la danza de los cisnes ante el pueblo muerto de risa. Para que me sintiera un toro un mozo se dedicó a decir “dale otro pase María” entre el cachondeo colectivo. Aquel fue el día en el que creo decidí dejar la política. Las fiesta tuvieron la culpa, o el acierto, qué se yo.

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