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INCENDIARIOS

05/07/2009

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Me pregunto qué bulle en la cabeza de un incendiario. Qué profunda y podrida neurona le da una orden que le lleva a destruir todo aquello que la tierra lleva siglos y siglos construyendo. Embozados en el anonimato, con el cerebro vendado por unas sombras extrañas de las que quizá no son conscientes, se montan en el automóvil para buscar el dolor de la tierra y el dolor de las gentes y el dolor de los cielos. Salen para violar el cielo azul con el negruzco humo que seguro habita en sus entrañas. Qué pensarán cuando lanzan el petardo a las encinas, cuando esperan su estallido o ven por el espejo retrovisor el nacimiento de su fuego mientras se alejan como infames furtivos por la sierra. Qué sentirán más allá del inevitable nerviosismo que se prende en el estómago. Quizá la satisfacción por el deber cumplido, el deber de alguien que no sabe que tiene la mente infectada, seco el corazón y muerta la ternura. Un enfermo que no sabe que su alma huele a gasolina, a humo oscuro, a entraña invadida por algún virus que le hace desear el mal, destrozar los paisajes que el pintor eterno dibuja conteniendo el horizonte. Qué sentirán cuando ven desde lejos ennegrecerse la llanura, cuando ven avanzar una negra alfombra por la tierra como una marabunta impasible. ¿Sabrán que no aman la vida ni la tierra ni la belleza ni el silencio de las montañas? ¿Sabrán que no pueden amar? Me gustaría tener alguno enfrente y dialogar un instante. Me gustaría que pudiera ser vencido por las palabras y que su terrible enfermedad se diluyera en un cuenco de lágrimas y que su conciencia estallara en una imperiosa rebelión contra sus actos. Me gustaría tener alguno enfrente e intentar demostrarle el hecho de que no sabe que tiene las neuronas podridas. Me gustaría decirle que cuando quema los impresionantes robles, los álamos, los cedros, los fresnos, el romero o la manzanilla y todas las yerbas que siguen el hábito de agarrarse a la vida, también se está quemando a sí mismo, y no podrá evitar darse cuenta un día, de que está tan muerto como el picón que produce. Me gustaría que alguno leyera este artículo y después fuera al sicólogo o al siquiatra o al sacerdote más cercano y le dijera, simplemente: Padre, estoy enfermo, necesito ayuda.

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